María Gómez o un arte de frontera

El sueño erróneo. María Gómez. Galería Félix Gómez. Calle Morería, 8, Sevilla. Hasta el 10 de enero.

En medio de los azules de la noche caminan dos hombres. Uno de ellos lleva una linterna sorda, el otro una bujía, a juzgar por la humareda que se desprende de sus manos. Tal vez vayan a encontrarse o puede que sólo crucen sus caminos. A sus espaldas un valle, quizá un río, y al otro lado luces dispersas. Los nocturnos de María Gómez (Salamanca, 1953) son tan atractivos visualmente como estimulantes para la fantasía y el pensamiento. El que acabo torpemente de describir podría invitar a imaginar una historia. No ocurre así con otros, como el que presenta dos figuras enlazadas y encogidas que parecen protegerse juntas de la soledad en un paraje al que miran con intensos ojos abiertos. Otro muestra una sólida casa, habitada a juzgar por las luces, y una gran cabeza que, fuera y muy pegada al muro, mira a lo lejos.

La sociedad moderna, nuestra sociedad, ha ahuyentado supersticiones y espantado mitologías, e intenta vivir de acuerdo a la racionalidad de la ciencia y el derecho. Pese a ello, apenas puede sostenerse sin mitos. El orgullo de una sociedad que se sabe secular convive con la conciencia del desamparo. El arte puede iluminar esa ausencia, no restaurando mitos sino abriendo perspectivas y horizontes que despierten por un momento el afecto (y el gozo de vivir) y hagan a la vez pensar: empujen al pensamiento a cruzar la frontera del cálculo, la conveniencia o la oportunidad. Para ello el arte moderno no escapa de este mundo en busca de otro fabuloso, sino que con figuras de cada día abre a lo que se oculta en esa misma vida cotidiana. Eso hace María Gómez. Sus escuetas imágenes hablan de búsquedas, encuentros y desencuentros, del calor del amor en medio del desamparo, de quien espera aunque tenga un lugar de acogida.

Pero esta poética que contienen sus imágenes no es gratuita ni narrativa, sino que brota de la forma. Una forma que, como decía Adorno, es contenido sedimentado. Las figuras de María Gómez son elementales, escuetas. Quieren evitar cualquier exceso de embellecimiento o toda demasía de la expresión. Así, los cuerpos y los gestos remiten a las pasiones básicas que los animan. Los nocturnos, casi monocromos, subrayan esta forma austera que impide las conocidas coartadas que puede proporcionar el arte. El arte en efecto puede servir de consuelo, muchos lo tienen como mera diversión y no faltan quienes buscan en él la ocasión para un desahogo sentimental que no comprometa: un calosfrío retiniano, decía Octavio Paz, que no llega a turbar el pensamiento. Ante las obras de María Gómez no caben esas coartadas: más bien invitan al reconocimiento, es decir, a verse en lo que se ve, a reconocerse en esos personajes que poseen afectos básicos y se mueven en situaciones elementales.

La exposición, sin embargo, no se agota en las obras que he llamado nocturnos. Una serie, en apariencia muy sencilla, donde algunas figuras parecen emular ejercicios gimnásticos o pasos de ballet, interesa por los ritmos de los cuerpos que, pese a su sencillez, hacen vibrar el plano pictórico. Más importancia sin duda tienen los diversos rostros femeninos. Pensativos, esperanzados o entristecidos llenan por sí mismos el papel, mostrando con claridad la materia, sea tinta, óleo o carboncillo. Esta misma presencia de la materia abona su verdad: hace pensar en la verdad de la carne que salta al papel mostrando su agitación contenida, buscando la forma precisa. A esto se añade la elaboración gestual que confiere a estos rostros su aura de autenticidad: el gesto, la mano de la autora, no se pierde en fondos o contextos complicados, sino que aborda directamente la tarea más difícil: la de convertir la mancha, la materia, en expresión, haciendo surgir la forma sin obligar ni violentar la materia, sino dejándola que logre hablar por sí misma.

En este territorio difícil, la pintura linda con el dibujo. En él no es posible eso que los pintores suelen llamar cocina, la mancha desempeña un papel análogo a la línea. Si ésta, al efectuar un trazo sobre la superficie del papel produce un rasgo, esto es desgarra carbón y papel para mostrar cuánta riqueza guardaban ambas materias, la mancha es una suerte de caos que invita al cuerpo inteligente y sensible a seleccionar una de las múltiples formas que contiene.

La exposición es por consiguiente densa, pese al corto número de obras que la integran. Hace pensar en cuál puede ser el alcance del arte. Hoy se multiplican los soportes y se logran en ellos, pese a su mutua diferencia, muchas obras convincentes. Esta muestra sin embargo tiene la virtud de permanecer en la frontera: alojarse en ese territorio donde la materia se convierte en signo. Un paso al que Duchamp llamaba, con cierta sorna hacia su educación católica, transustanciación.

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