Mensaje en una caja

LaSal Teatro. Autora, actriz y directora: Julia Ruiz Carazo. Colaboración: Cristina Quijera. Diseño y realización de escenografía: Isa Soto. Diseño de iluminación y audiovisuales: J. C. Tamajón. Música: Daniel Maldonado. Fecha: Viernes 5 de abril. Lugar: Teatro Central. Aforo: Un cuarto.

La semana pasada fue José Luis Gómez (se trataba, además, de El principito), y ésta es Julia Ruiz Carazo quien se mete en la piel del adulto-niño para poner en perspectiva el mundo y la vida tratando los temas del legado, del relevo, de la transmisión, de la iniciación (y no conocemos mejores asuntos para cuando los niños hacen caso). "Hay que ocuparse del mundo" podría ser el subtítulo de este delicado espectáculo de LaSal Teatro, un artesanal y cariñoso viaje entre-espacios, elementos y latitudes que tiene a su único protagonista visible, Julia, en constante movimiento y virtualidad (teatro, danza y un poco de shadow boxing, de boxeo de sombras), sólo periódicamente sujeta por ese ensayo de diálogo con un reducido patio de butacas al que se desea depositario de los beneficios de la palabra creadora.

Así, y si bien Bailando sin zapatos contiene un delicado subtexto proto-ecológico (Julia, parafraseando a Jean Giono y Frédéric Back, sería algo así como "la mujer que plantaba árboles"), de lo que aquí se trata es de regresar a las primigenias destilaciones de la imaginación, al cuento en el desierto, a la proyección sobre la roca, al susurro de una cosmogonía. Y esto supone de suyo que sea necesario contar con un englobante de soledad y fragilidad -una cierta aridez, nunca mejor dicho- que puede resultar complicado para muchos de los niños que asisten a la obra. Es un riesgo que, desde luego, no todos los espectáculos infantiles toman, pero que Julia Ruiz asume con naturalidad y convicción, esperando más de la intuición de su audiencia que de su entendimiento; asumiendo, en definitiva, que frente a los más pequeños, además de magia y transformaciones, puede asomarse algo parecido a la tristeza, y que esto no es del todo malo (ya que, si ocurre, siempre le queda a uno la posibilidad de quitarse los zapatos y ponerse a bailar).

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