Arte

Montes, 'skate' y humor

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Suele decirse, al hablar de ciertos cuadros, que "el formato también pinta". Una acertada elección del formato realza cualquier tipo de imagen, pero el caso que nos ocupa ahora es precisamente la pintura, la que hace Ramón David Morales (Sevilla, 1977), y justo es reconocer la buena elección del formato vertical para trazar el volumen de una enorme montaña, cuya altura se exagera gracias al bajo horizonte. Al recluir abajo, en menos de la cuarta parte del lienzo, una pradera y un bosque de abetos como acompañantes del gran risco, éste parece crecer y hacerse inminente. No es una técnica nueva. Los románticos abundaron en ella, pero pintar significa, entre otras cosas, conocer la tradición y reinterpretarla. Morales también hace esto último porque, frente al patetismo de los románticos, el perfil de la montaña es aquí suave, la envuelve una leve veladura y el volumen se construye con líneas y sombras nada dramáticas. La pintura, además, muy líquida, se limita a teñir el lienzo. Hay un soplo de ironía en esta manera de relacionarse con la tradición, ironía que se prolonga en el pequeño prisma blanco, apenas visible, que aparece en una de las paredes del farallón. Un segundo lienzo, pequeño, que también forma parte de la obra, da cuenta, como una foto de detalle, del prisma: es una tienda de campaña que, sin terreno donde apoyarse, está colgada de la montaña.

Ramón David Morales pertenece a esa joven hornada de autores sevillanos que, después de varios años de esfuerzo y sin demasiada protección institucional, son ya reconocidos más allá de los círculos de la ciudad. Baste citar, en su caso, la adquisición de algunas obras suyas por el Musac, el museo de León, una de las referencias del arte contemporáneo en España.

La obra que he intentado analizar, Tienda colgante, resume algunas de las preocupaciones de su autor. Una de ellas es sin duda su interés por la tradición artística: ya en su primera muestra individual (SaladeStar, 2001) presentó un cuaderno con pinturas que repensaban obras de autores de diversas época. Otra característica de su trabajo es el cuidado lenguaje pictórico cuya voluntad de sencillez oscurece su complejidad técnica: los cuadros de esta muestra podrían verse como una lenta indagación del espacio que va de las elaboraciones perspectivas de las pistas de skate hasta el juego de volúmenes en construcciones sin apenas profundidad. Finalmente, cabe destacar la ironía, presente también en los juegos verbales de otra obra de la muestra, la titulada Tipos de cascadas.

Hay una última característica, menos evidente quizá en esta ocasión, que me gustaría destacar y es su sentido poético. Ya pudo apreciarse en los objetos que expuso hace algún tiempo en la desaparecida galería Cave canem, como el skate pintado como una carretera o las mochilas (expuestas en el Museo de Cádiz) que aludían al paseo del pintor por distintos enclaves naturales.

La muestra no es un homenaje a la pintura sino una reflexión sobre sus posibilidades hoy, cuando se multiplican las imágenes fáciles, quiero decir, las que no suelen exigir materia gris. Morales, por el contrario, pone el pensamiento a trabajar y lo hace evitando efectos fáciles. No es poco.

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