Morada, refugio, mercado

  • La galería Birimbao propone una reflexión sobre las trampas y los problemas de la vivienda.

Si el camino es signo de libertad, la casa lo es de certidumbres -por inseguros que sean sus muros-. Así lo dijo Chaplin en Tiempos modernos. Frente al desamparo que rodea al individuo en la sociedad moderna, la casa prolonga su cuerpo, sedimenta su mundo interior y ofrece reposo a ambos. En su espacio, en efecto, se puede valorar cuanto ocurre o ha ocurrido fuera, o cuanto nos llega de allí. Es un medio protector: disponible siempre para la reflexión, aunque en ciertos momentos puede convertirse en fortaleza. Esto indica que el afán de casa propia no es siempre inocente: ese lugar propio que vamos configurando con recuerdos, proyectos y objetos, también puede convertirse en recinto blindado, espacio de aislamiento cuyas paredes materializan el miedo al otro y la reserva ante las demandas del afecto.

Esta ambivalencia entre la casa como signo de una vida que intenta construirse a sí misma y la casa como refugio y blindaje no hace sino fortalecer la exigencia de vivienda propia, con la que han jugado los estrategas del mercado. Ofrecieron primero viviendas para después requisarlas, beneficiándose además en los pasos intermedios: en la época de la oferta, negociando con las hipotecas, y en las de la quiebra, recibiendo créditos cuyos costes deberán correr en parte por cuenta del común de los mortales.

La muestra de la galería Birimbao abre la posibilidad de reflexionar sobre el actual estado de cosas, a veces con cierto regusto irónico, otras sugiriendo lamentables situaciones límite, conocidas pero no remediadas, y otras abundando sobre las diversas imágenes del deseo que rodean la casa y la convierten en mito.

Hay ironía en las casas individuales pero seriadas del convincente cuadro de Cristóbal Quintero (Pilas, Sevilla, 1974) y en los cuidados dibujos de Luz Marina Baltasar (Logroño, 1981) que, con un lenguaje que recuerda a las fantasías de Max Ernst, sugieren cuanto puede haber en la casa de deseo de posesión y a la vez de jaula de la que se desea escapar. Parecida ironía señala la Casa solariega en venta de Juan Romero (Sevilla, 1932) que hace pensar sin querer en las subvenciones que se pedirán, argumentando la conservación del patrimonio, y en las medidas (quizá tomadas ya) para convertir la casona en negocio turístico.

Cristina Lama (Sevilla, 1977) evoca, con lenguaje directo pero sin dramatismo, la condición de los que carecen de techo y las fotos de Julia Llerena (Sevilla, 1985) convierten la imagen de la casa en figura de la melancolía, dejando que el espectador juzgue si tal sentir brota de la casa abandonada o del habitante que la abandonó. Joaquín Peña Toro (Granada, 1974) deja también en el aire si la alambrada que cubre el primer plano del cuadro alude a una selecta urbanización reservada o es sólo la cerca de la obra, conservada porque la financiación de las viviendas proyectadas se agotó sin esperanza de renovación crediticia.

La casa como prolongación de la vida es la idea que surge del paisaje de Joaquín Sáenz (Sevilla, 1931) cuyo protagonista es sin embargo la misma tierra, el campo sin roturar que se extiende delante del edificio, mientras que Fer Clemente (Jerez de la Frontera, 1975) recoge en sus trabajos el diseño racional del edificio añadiéndole elementos que lo asimilan a la ilusión de poseer un espacio propio. Norberto Gil (Sevilla, 1975), por su parte, al elegir la Casa Miller de Richard Neutra y convertirla casi en emblema, parece apostar por una arquitectura integrada en su interior y en sus relaciones con la memoria (la casa incorporaba elementos indios) y el entorno natural.

Manuel Garcés Blancart (Córdoba, 1972) y Daniel Bilbao (Sevilla, 1966) insisten en distintas direcciones relacionadas con la vida urbana, sean las incesantes medidas para regular el tráfico o el paisaje ahormado por una Torre Pelli aureolada con luz de crepúsculo.

Gloria Martín (Alcalá de Guadaíra, 1980), finalmente, parece resumir mucho de lo expuesto con un trabajo cuidado formalmente y con evidente alcance poético. La casa que guarda en su interior un árbol parece remitir al sentido más hondo de habitar que es crecer con el entorno: convivir con los propios pensamientos y también con cuanto puede desmentirlos, obligándonos a ensanchar ideas y ampliar la sensibilidad. Así, la casa deja de ser refugio y pierde por tanto su posible carácter excluyente. Más bien se convierte en una fuerza generadora de espacios, impulso a tender relaciones y anudar vínculos con los demás y con nuestro entorno. Así la casa genera otras casas, esto es, fomenta casi una constelación de nuevos espacios de encuentro y acogida. No sé si es la intención de la autora, pero su Árbol de la vida doméstica me parece que permite pensar todo eso.

Galería Birimbao, arte contemporáneo. Alcázares, 5. Sevilla. Hasta el próximo día 25.

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