El Museo Picasso exhibe 'El factor grotesco', su muestra temporal más ambiciosa

  • La exposición reúne 270 obras de más de 70 artistas desde el Renacimiento hasta la actualidad · Leonardo da Vinci, Francis Bacon, Bruegel El Viejo, Goya, Magritte y Lichtenstein, entre los convocados.

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Tres años de trabajo. Más de ochenta instituciones y coleccionistas particulares en la lista de procedencias de las obras (entre ellas The British Museum, el Museo Belvedere de Viena, el Museo del Louvre de París, el Museo del Prado, el MOMA de Nueva York, The Royal Collection de Londres y el Victoria & Albert Museum de la misma ciudad). Más de 270 pinturas, esculturas, dibujos, grabados, libros, documentos, fragmentos de películas y objetos correspondientes a más de 70 artistas, entre ellos Leonardo da Vinci, Francisco de Goya, James Ensor, Paul Klee, Pablo Picasso, Otto Dix, Willem de Kooning, Francis Bacon, Louise Bourgeois, René Magritte, José Gutiérrez Solana, Max Ernst, Gustave Doré, Bruegel El Viejo,William Hogarth y El Bosco (a través de un cuadro atribuido al genio). Un contexto histórico que abarca los últimos 500 años, desde el Renacimiento (con una mirada directa a la Antigüedad) hasta nuestros días. Los números de El factor grotesco, la exposición temporal que inauguró ayer el Museo Picasso Málaga, que podrá verse hasta el 10 de febrero de 2013, son de vértigo. Y es que la muestra es la propuesta más ambiciosa de cuantas ha acogido la pinacoteca del Palacio de Buenavista en sus nueve años de vida, lo que pone el listón a una altura considerable con vistas a su décimo aniversario. Baste recordar que el mayor número de instituciones implicadas hasta ahora mediante el préstamo de obras en una exposición temporal del Museo Picasso apenas superaba la veintena. Exhibiciones celebradas con anterioridad como las de Max Ernst y Richard Prince tienen su origen en la que ayer abrió sus puertas. Un verdadero festín que sitúa a Málaga, y cómo, en la primera línea del panorama artístico internacional.

El factor grotesco es un viaje a las entrañas de la capacidad humana más misteriosa: la imaginación. Tal y como explicó ayer en la presentación a los medios (llegados de buena parte de España, Europa y América) el director del Museo Picasso, José Lebrero, la génesis de la exposición se encuentra en el descubrimiento en Roma, en las últimas décadas del siglo XV, de la Domus Aurea de Nerón, en cuyos muros, a la manera de una gruta (de ahí el término grotesco), se encontraron pintadas imágenes ingrávidas de seres híbridos, además de composiciones de una arquitectura inverosímil. Este hallazgo afectó profundamente a los maestros renacentistas, no sólo en el arte: si Rafael y Miguel Ángel llegaron a integrar elementos grotescos en sus representaciones humanas y divinas, François Rabelais demostró en Francia que la estética grotesca era, sobre todo, una cuestión de pensamiento: todo consistía en meterse en las cabezas de Gargantúa y Pantagruel, tal y como pretendió Don Quijote. "Esta exposición responde a la pregunta fundamental que hizo Picasso: ¿Qué significa lo grotesco en el arte? Nosotros nos hemos sentado, hemos reflexionado y mediante esta propuesta ofrecemos una hipótesis que cuenta con un amplio rigor científico. Conocíamos la belleza, conocíamos la fealdad, pero lo grotesco lo conocíamos bastante menos. Esperamos que esta exposición contribuya a conocerlo mejor", explicó ayer Lebrero al respecto.

A lo largo y ancho de las dos salas que el Museo Picasso dedica a sus muestras temporales, El factor grotesco se articula en torno a cuatro espacios/argumentos fundamentales: el primero arranca en el Renacimiento y concluye con una selección de los Caprichos más emblemáticos de Goya (incluido el proverbial El sueño de la razón produce monstruos), pero sus primeros compases invocan directamente a la Antigüedad mediante unas pequeñas cabezas grotescas de época helenística fabricadas por uno o varios autores anónimos en Esmirna. La conexión griega es primordial: tras la caída de Constantinopla en 1453, Europa se llenó de refugiados procedentes del recién expirado Imperio Bizantino que trajeron buena parte del saber platónico (hasta entonces apenas se conocía el Timeo en Italia y Francia) y aristotélico. El estallido grotesco tras el descubrimiento de la Domus Aurea confluyó con este legado hasta hacer del Renacimiento lo que precisamente fue: una nueva oportunidad para el arte y para el hombre. En esta misma sección conviven Bruegel El Viejo y los grabados de Pieter van der Heyden de Los siete pecados capitales, Las tentaciones de San Antonio Abad atribuidas a El Bosco, las arquitecturas imposibles de Enea Vico (adoptadas por Francesco Colonna en El sueño de Polífilo) y la joya de la corona: un dibujo de Leonardo da Vinci, Dos perfiles grotescos, realizado entre 1485 y 1490 y cedidos por el Museo Británico con permiso expreso de la reina de Inglaterra. Es la primera vez que Málaga exhibe una obra del autor de La Gioconda, pero también se presentan aquí otros dibujos adscritos a su círculo además de los grabados de Wenzel Hollar basadas en las directrices del maestro. El Museo Británico presta también un dibujo de Cabezas grotescas de Miguel Ángel Buonarotti. Y, como ejemplo del tardío (y cuestionado) Renacimiento español, destaca el cuadro de Juan Sánchez Cotán Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda, realizado en 1590 y realmente atípico en la obra de un pintor conocido por sus bodegones.

La segunda sección propone un diálogo entre las artes gráficas del siglo XVIII inglés y el siglo XIX francés. Doré, Grandville, Víctor Hugo, Boilly, Champfleury, Phillipon y Daumier conviven con Tenniel, Rowlandson, Gillray y Hogarth. La tercera está consagrada a las vanguardias del siglo XX, del dadaísmo al surrealismo, con ejemplos decisivos de Picasso, Grosz, Beckmann, Francis Bacon, Magritte, Dalí, Ensor, Gauguin, Nolde, Kubin, Spilliaert, Gutiérrez Solana, Lichtenstein, Guston y Saura. La cuarta y última consagra su espacio al arte contemporéno, con obras de Richard Prince, Bill Viola, Thomas Schütte, Juan Muñoz, Cindy Sherman y Franz West, entre otros.

Todos los registros de lo grotesco pueden encontrarse en esta muestra a prueba de titanes y proclive a una curiosa mutación del síndrome de Stendhal: lo grotesco ornamental, abismático y cómico coinciden en la carcajada, ésa que brota ante lo inesperado, cuando resulta evidente que nada nos ampara, cuando descubrimos, oh, oh, que no hay nada bajo nuestros pies. Jamás fue tan divertido intentar salir volando.

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