Navegantes del desierto

  • Dos sevillanos atraviesan Marruecos con un velero de más de 50 pies para rodar un 'spot' publicitario del Euromillón portugués

Aunque estemos acostumbrados a que los medios de comunicación, y en concreto la publicidad, conviertan lo irrealizable en algo fácilmente alcanzable, en la realidad también ellos se enfrentan a misiones imposibles. O casi.

Imposible les parecía por lo menos a una productora de televisión portuguesa llevar un velero de última generación a pleno desierto de Marruecos. "Estaban desesperados y se dirigieron a nosotros cuando quedaba ya muy poco tiempo", recuerda Ignacio Murube, "lo que iba a suponer una presión añadida".

Con su empresa, Overlimit, Ignacio ya había participado antes en la producción de distintos rodajes, "aunque ninguno tan complicado como éste". Primero, había que alquilar un barco. Tras barajar otras opciones, resultó elegido el Duende 52, un Judel Vitrolic IH5500 de 52 pies. Una maravilla de un millón de euros hecho "enterito de carbono", lo que aumentaba las dificultades porque lo hacía "mucho más delicado", aunque también más ligero, unos 5.000 kilos. El porqué se eligió este tipo de barco tiene que ver con la naturaleza del anuncio, una promoción del sorteo Euromillón en Portugal, y lo que vendía, ilusiones y sueños que se hacen realidad. Incluso los más estrambóticos: en el argumento del spot, una familia gana el premio, decide participar en el rally Lisboa-Dakar y, cuando finalizan, allí les está esperando su mayordomo inglés con un maravilloso velero, varado entre las dunas. ¿Absurdo? No en televisión. Al final, inundan el desierto y salen navegando del Sahara...

Pero para convertir en imágenes esta excentricidad de multimillonarios, primero había que llevar al Duende 52 al desierto, donde lo estaban esperando con impaciencia. La primera parte fue fácil para Ignacio y su compañero, el también sevillano Íñigo Cañizares: navegar hasta Marina Smir, entre Ceuta y Tetuán, y cargarlo en el camión tráiler de un madrileño, Vicente Villa, experto en este tipo de transportes.

Desde ahí, comenzaba la parte más difícil. Llevar el barco por carretera hasta Erg Chebbi, atravesar el Atlas, introducirlo en pleno desierto y arbolarlo sin que volcara. No es que fuera la ordalía del rodaje de Fitzcarraldo, en el que murieron varios indios transportando un vapor a través de la selva peruana y el director, Werner Herzog, tuvo que amenazar con un rifle a su estrella, Klaus Kinski, para que no desertara como antes lo había hecho Mick Jagger. Pero tampoco estuvo esta aventura exenta de pruebas difíciles.

"Lo más complicado fue tratar con las autoridades y la policía", explica. "Y sobre todo, con la constante falta de verdad. Nos decían que no había más puentes y siempre había alguno. Tuvimos que hacer unos 1.000 kilómetros, en vez de 700, a causa de los rodeos porque no podíamos pasar por debajo". Buena parte de los viajes lo hicieron Nacho e Íñigo encima del velero, con una escoba y un walkitalki, para apartar los cables que obstruían el paso".

Por supuesto, el paso de la embarcación causaba verdadero asombro en la población local. "Ver sus caras era algo espectacular. La broma del viaje era, cuando nos preguntaban qué hacíamos, responder que con el cambio climático, allí se iba a poder navegar. También dejamos que los niños visitaran el barco, porque la mayoría nunca había visto uno".

No es que su meta final fuera el último confín del mundo. De hecho, las dunas "estaban llenas de hoteles y de españoles que conducían quads, 4x4...". Pero arrastrar un velero por la arena, y más con una grúa diez metros más pequeña de lo que les habían prometido y que a punto estuvo del desastre al levantar el barco, no era un problema nimio. Al final lo solucionaron con unos esquíes que colocaron debajo del Duende 52, al que arrastraron con cadenas.

Pero ni quieto dejaba de crear quebraderos de cabeza. Sin quilla ni timón, el barco volcaría en un instante nada más arbolarlo, pese a estar sujeto por vientos en un lateral. Así que durante el rodaje, mientras el camarero inglés, la pareja millonaria, la niña que comía pasteles o el adolescente rockero filmaban sus escenas, Nacho e Íñigo estaban escondidos en su interior, con las escotas en las manos, prestos a largar si aumentaba el viento. Aunque, quién sabe, si hubiera salido volando, el spot podía haber quedado bien.

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