Flamenco

Paño de lágrimas

  • El cantaor de La Puebla de Cazalla Raúl Montesinos, Lámpara Minera 2004, presenta su segundo disco marcado por la estética grave de esta localidad jonda

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Raúl Montesinos. Producido por Raúl Montesinos Hoyos. Edición del intérprete.

Montesinos no se arredra ante la crisis discográfica. No es un hombre al que le asusten los retos, sino todo lo contrario: su conquista de la Lámpara Minera 2004, fue un trabajo, no sólo artístico, también de pura voluntad. En ninguna de las ediciones en las que participó contaba entre los favoritos, y no paró hasta lograrlo, a la cuarta si no recuerdo mal, en 2004. Ante la crisis discográfica Montesinos responde con Arquillo viejo, una gran obra en todos los sentidos, y en la que el cantaor morisco se implica, no sólo como intérprete, también como productor artístico, empresa de discos y letrista ocasional.

La obra incluye, como no podía ser menos, los estilos característicos de Montesinos y que hoy son seña de identidad en La Puebla de Cazalla, debido al magisterio de esos dos titanes del flamenco contemporáneo que son Menese y Diego Clavel. Pero Montesinos es un hombre inquieto y pronto comprendió que su cauce expresivo era aún más ancho en lo estilístico. En La Puebla nació La Niña, Dolores Jiménez Alcántara, y ella es el referente, confeso, para las sevillanas que este disco incluye. También la nana se sale del cauce habitual así como los campanilleros, otro de los estilos de referencia de Dolores Jiménez Alcántara.

Con todo, la obra se inicia con unas sorprendentes alegrías que recogen toda la frescura de este cante, gracias en buena medida a los textos de Moreno Galván que, con buen sentido, conversan con las Seguidillas sevillanas marineras de Lope de Vega. La interpretación de Montesinos se ajusta al canon tradicional, como la fresca guitarra de Manuel Herrera.

Alegrías clásicas y cantiñas de tierra adentro, esas que la tradición atribuye a Pinini, para la felicidad de los que huelen la brisa marina a la orilla del Guadalquivir. En la misma línea de canto a la existencia, las sevillanas, sobrias, cortadas a cuchillo sobre la madera de la melodía con la guitarra hermosísima e íntima de Manolo Franco. Para la nana, dedicada a su hijo Alejandro, Montesinos ha querido hacer una obra de envergadura y para ello recurre a los arreglos de Domi y al violonchelo de Toti. Los campanilleros, de formato tradicional, ligeros, reivindicando su origen callejero, también son un homenaje al Corruco de Algeciras que fue el primero en cantar a la "santa igualdad". El arreglo de guitarra reivindica la belleza melódica de esta composición popular aflamencada por Manuel Torres y difundida "por los pueblos de su Andalucía" por Dolores Jiménez Alcántara. La parte menos grave, si así se pudiera considerar tratándose de Montesinos, de esta obra, se cierra con el lorquiano poema Muerto de amor en una canción por bulerías.

En la malagueña hace acto de presencia la guitarra afilada, casi bronca si no fuera porque es una de las más elegantes del panorama flamenco, del granadino Paco Cortés. Se trata de un cante de fisonomía chaconiana que el maestro Matrona atribuía a un tal Gayarrito, prácticamente desconocido más allá de esta controvertida autoría.

Remata el cantaor morisco con rondeña íntima y zángano valiente, con dos letras de Moreno Galván tan aladas como emocionantes: habrá que reivindicar ya de una vez al pintor de La Puebla como el enorme poeta en octosílabos y seguidillas que es. Taranta y minera, cantes que tanto han dado a nuestro cantaor, no podían estar ausentes de esta obra. La guitarra de Herrera se hace mineral y la voz de Montesinos, evocando a Pencho Cros, pura piedra. Son cantes que se avienen bien a esta estética campesina de Montesinos: no en vano varios de los últimos triunfadores en el Concurso de Cantes de las Minas de La Unión han salido de esta tierra sevillana de la campiña. Un estilo que permanece alejado de todo virtuosismo rítmico y melódico y que convierte a la ética, la honestidad del mensaje vital, el compromiso con los que luchan en la tierra para ganarse la vida, en estética, en obra artística. Déjese arrastrar al Antiguo Mercado de La Unión, a las entrañas de la tierra, por la minera.

Uno de los momentos más trascendentes de este disco, tal y como anuncia la guitarra cómplice de Manolo Franco, es la soleá. De nuevo la honestidad literaria y vital de Moreno Galván y de nuevo la honestidad emocional, desprovista de adornos, de Montesinos. La obra se cierra, con toda lógica, con esa seguiriya que en La Puebla es un rito para iniciados, un himno, un sobrecogimiento de madrugada en las míticas Reuniones de Cante Grande, una verdad de a puño, consuelo para nuestros humanos dolores.

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