Pasen, oigan y vean (si pueden)

Acompáñenme si son ustedes tan amables. No se queden en la entrada, pasen al fondo, que hay mucho espacio. Sí, ya lo sé, está todo bastante oscuro, pero ya se irán acostumbrando. Es la moda, saben, que apenas si se les vea la cara a los cantantes. Si oyen con atención y guardan silencio (caramelos no, por favor, que son el terror de las salas junto a los dichosos móviles: ¿les he dicho ya que los apaguen?) podrán escuchar a lo lejos una plegaria. Es Moisés que pide ayuda a su dios para salir de Egipto. Y cuando escuchen otra plegaria, pero no en francés sino en alemán, es que son los sacerdotes de Sarastro, erre que erre con Isis y Osiris, como si estuvieran en Aida. ¡Un trueno! Pues por la hora debe ser el Comendador, que anuncia su llegada a Don Juan para invitarlo a una cena que de la que nunca volverá. Allá, con el Diablo, el mismo al que Max invoca para que le permita acertar siempre con su escopeta y ganar así la mano de Agathe. ¡No sabe lo que le espera!

Pasamos ahora al departamento de frivolidades. Ante ustedes la coqueta Manon, pavoneándose en Cours-la-Reine, con todos los hombres a su alrededor como moscones. Y luego verán cómo es capaz de volver a conquistar con zalamerías a su Des Grieux, ahora que quería meterse a monje. ¿Les suena la música de fondo? Es la polonesa que bailan los invitados en casa de Tatiana. Y ahora una polca. ¡Menuda fiesta la del Conde Orlovski!

Y Cherubino siempre metiéndose en líos con las mujeres de palacio. Ya aprenderá que no todo son alegrías en el amor. Y, si no, que se lo digan las chicas de la siguiente sección, unas literalmente locas de amor, como Elvira o Lucía, y otras muriendo una y otra vez sin alcanzar la felicidad, como Mimì, Leonora, Violeta o Liù. Otras veces, aunque menos, son ellos los que mueren por amor, como aquel lejano gobernador de Boston o aquel desventurado y joven Werther. Por cierto, que qué trabajito les cuesta morirse, sin parar de cantar con los sesos al aire o con las tripas fuera, como Macbeth, que todavía se lamenta de que nadie le muestre piedad, respeto o amor, a él, que tanta sangre derramó. Algún final feliz hay también, aunque no sé por qué no vende mucho la felicidad en este mundo de la ópera. Pero bueno, ahí está otra Leonora y su querido Florestán, o Amina, que se despierta de su sueño para ser feliz con Elvino (no, no es una alcohólica, oiga).

Pueden descansar un momento a la sombra de este sicomoro que tanto le gusta al todopoderoso Jerjes. Ya vamos a terminar pronto, después de atravesar los elegantes espacios donde la caprichosa Condesa gusta de escuchar las aventuras de Ariadna en Naxos o de leer los cuentos de un tal Hoffmann. No tropiecen a la salida con Amelia, que busca a su padre, ni con Foscari, que busca a su hijo. Espero que les haya gustado esta visita. Total, por menos de cinco euros, todo un panorama de ilusiones. Vuelvan pronto. Aquí les esperan nuestros personajes.

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