Paseo por el amor y la muerte

El cine de Isabel Coixet bien puede situarse en ese mapa transnacional y apátrida que sacrifica el perfil topográfico de los orígenes para abrazar sin disimulo las formas y los modos de una escritura internacional que sitúa siempre el epicentro de sus intereses en una muy peculiar y posmoderna concepción del melodrama adulto, sufriente y de vocación universal.

La patria del cine de Coixet es la patria de los sentimientos extremos y a flor de piel, en la que se busca a toda costa un trayecto de identificación con el espectador que pasa por estimular su lado más sensible al tiempo en el que se le facilitan ciertas pistas culturalistas que lo hacen despegarse, en este caso por empatía intelectual, de ese otro espectador medio del melodrama romántico. Porque el cine de Coixet y sus espectadores son sentimentales pero también, y sobre todo, cultos.

La operación, decimos, es viajera y de aspiraciones universales, lo que en taquilla obliga hoy a adoptar ciertas formas narrativas y formales que se localizan muy claramente en Hollywood y alrededores. Si Cosas que nunca te dije, Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras buscaban denodadamente su filiación con cierto cine independiente norteamericano, Elegy se mantiene mucho más cerca del mainstream en su retrato íntimo de personajes y en su estructura narrativa más convencional, voz en off incluida. Unos personajes anclados a la literatura, a la prosa minuciosa de Philip Roth, de cuya novela El animal moribundo sale esta historia de un amor desequilibrado, romántico y puro entre un maduro y hedonista profesor universitario (Kingsley) y una joven y cándida alumna (Cruz).

Entre citas a Roland Barthes, preludios de Bach y portadas de libros de John Berger, asistimos en Elegy a una nueva variación de los temas que ya estaban presentes en las anteriores cintas de la Coixet, eso sí, con el apoyo de una sólida construcción de personajes, situaciones y diálogos que se mantienen por sí mismos a pesar del habitual barniz de pedantería visual que suele aplicarles la directora. Más contenida y discreta, Elegy no nos evita en todo caso esos clichés tan propios de cierto cine sensible y refinado: la música de Satie o Part para acompañar y aderezar los momentos más íntimos, las excursiones a playas solitarias filmadas como un anuncio de Tommy Hilfiger, los paseos solipsistas entre la muchedumbre, la planta que se seca con el desamor, el símil de la maja desnuda de Goya...

Sólo en el meollo del cuerpo a cuerpo, convenientemente rebajado en el guión al gusto de los censores norteamericanos (ni asomo de la explícita carga erótica y sexual del original) y filmado con pudor y distancia, y en el trabajo destacable de Ben Kingsley y Penélope Cruz se sostiene este castillo de naipes más timorato y huidizo de lo que se quiere. Y es que todavía estamos lejos de ese cine impresionista de los cuerpos de una Claire Denis o de ese otro cine de la memoria herida de Wong Kar Wai en los que Coixet se mira insistentemente.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios