Poética de la reiteración

  • Creadores como Miki Leal o Patricio Cabrera participan en la sala Rafael Ortiz en una colectiva que resalta la inquietud que lleva al artista a ensanchar el horizonte de una obra ya hecha

Un territorio fiel. Patricio Cabrera rinde tributo al pintor italiano nacido en Grecia con 'A la manera de Giorgio de Chirico'. En el centro, Marc Larré 'A la manera de Jorge Oteiza'. Abajo, Curro González en su particular homenaje al francés Henri Matisse. Un territorio fiel. Patricio Cabrera rinde tributo al pintor italiano nacido en Grecia con 'A la manera de Giorgio de Chirico'. En el centro, Marc Larré 'A la manera de Jorge Oteiza'. Abajo, Curro González en su particular homenaje al francés Henri Matisse.

Un territorio fiel. Patricio Cabrera rinde tributo al pintor italiano nacido en Grecia con 'A la manera de Giorgio de Chirico'. En el centro, Marc Larré 'A la manera de Jorge Oteiza'. Abajo, Curro González en su particular homenaje al francés Henri Matisse.

Si alguien dice que acaba de inventar la teoría de la relatividad o la ley de los vasos comunicantes, desconfiaríamos de su salud mental. Con razón. Porque en la ciencia no cabe otra repetición que la que pone en duda una teoría para proponer otra que explique por qué y en qué fracasa la primera. En el arte las cosas no son así. En la ciencia, los datos de observación se integran en una ley que da razón de ellos o no la da: no hay tercera vía. En el arte, colores, sonidos, líneas o figuras remiten a una idea, pero esa unión puede hacerse de múltiples formas. Por eso Goya, con La familia de Carlos IV pudo replicar a La familia de Felipe IV de Velázquez y ambas obras salieron ganando (aunque el cuadro del aragonés molestara a los Borbones españoles al verse parangonados con la dinastía rival). En el mismo sentido, Brahms, en la Coral de San Antonio retomó con acierto un tema entonces atribuido a Haydn y Manet, en El balcón, hizo lo propio con una obra de Goya.

Los artistas no proceden así por mimetismo sino porque desean ampliar el alcance de una obra. Así empezó a hacerse en el Renacimiento. La imitatio de las obras clásicas era siempre emulación: Miguel Ángel deseaba superar a los antiguos. Después los artistas buscaron con sus réplicas reelaborar poéticamente una obra ajena que les había interesado. Los motivos podían ser y eran de hecho muy diversos.

Así ocurre en esta exposición. A riesgo de errar, me parece que a veces el motivo de la réplica es la afinidad. Así ocurre con José Miguel Pereñíguez al reflexionar con distintos soportes sobre Ad Reinhardt. También se advierte en la desenfadada evocación de Depero por Miki Leal y en la convincente réplica de Luis Cruz a Hannah Höch.

Otras veces es decisiva la admiración que un autor tiene por la obra de otro. Así ocurre con el cuadro de Curro González. Cuando la admiración se traduce en indagación de la obra del otro, sin perder por ello la propia identidad, las obras suelen beneficiarse doblemente porque acumulan los hallazgos de ambos pintores: el cuadro de Curro González es tan valiente en su acercamiento a Matisse como decidido en seguir un camino propio. En parecido sentido, Dorothea von Elbe: su entusiasmo por la obra de Jaime Burguillos se concreta en un delicado fotomontaje, cimentado en algo tan de la autora como son las flores.

A veces me parece detectar un eco de ironía. Así, la réplica a Frank Stella de Guillermo Pérez Villalta. Porque las exactas y breves obras de Pérez Villalta son un homenaje al autor de las Pinturas negras pero a la vez relativizan el valor de los grandes formatos. En parecida dirección, la contribución de Patricio Cabrera: los juegos de perspectiva siguen los pasos de De Chirico pero en el centro de la plaza desierta (y quizá soñada), la escultura es sin duda un trabajo de Cabrera.

Hay al menos dos casos en que no me atrevo a hablar de réplica. Son en todo caso mundos paralelos que se encuentran porque comparten determinados valores. Así ocurre con el Bodegón rosa de Carmen Laffón respecto a Morandi y el paisaje de Teresa Duclós en relación a Cézanne. Los bodegones de Laffón muestran una pasión por el espacio que se concreta tanto en la firmeza de los objetos como en su confrontación con la luz y el entorno. En ese recorrido el encuentro con Morandi era inevitable, del mismo modo que la apuesta de Duclós por la consistencia de los objetos propicia que los árboles de El Bajo en algún momento se encontraran con los de Jas de Buffan.

En otros autores brilla el temple clásico de la aemulatio. Creo verlo en la trabajada evocación que hace Paco Reina de Picasso, en el cuidado trabajo de Ignacio Tovar que aborda sin reservas el difícil dibujo de Seurat y en el laborioso esfuerzo de Inmaculada Salinas por seguir algunos pasos de Sol Lewitt. Mención aparte merecen dos obras, la de Marc Larré, evocando en barro, más que las esculturas, los trabajos preparatorios de Oteiza, y la de Daniel Verbis, una de las más convincentes de la muestra, que intenta precisar un territorio que sea a la vez fiel a la escultura y la pintura.

Hay por fin dos obras que hacen pensar en que sus autores esperaban una ocasión como esta para sacar a la luz una idea muchas veces pensada. Me refiero a las réplicas que Nico Munuera y Juan Suárez hacen del más célebre de los dibujos borrados, el de Willem de Kooning que deshizo Robert Rauschenberg. Cada autor lo hace a su manera: Munuera con el papel en blanco, Suarez evocando la propia acción del borrado.

La muestra es, como se ve, atractiva y sugerente. Hay que agradecer a la galería Rafael Ortiz el esfuerzo. El pasado año resaltó los géneros y éste, la inquietud poética que lleva al artista a ensanchar el horizonte de una obra ya hecha.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios