Premio al hombre pausado

  • Richard Ford, disléxico, 'padre' del periodista deportivo Frank Bascombe, se hace con el Princesa de Asturias de las Letras.

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Richard Ford (Jackson, Arkansas, 1944) no empezó a leer regularmente hasta los 18 años. Huérfano de padre desde los 15, no tenía demasiado tiempo mientras trabajaba de fogonero en los ferrocarriles. Tenía un inconveniente añadido aparte de los ferrocarriles: era disléxico. Leer una página de un libro era para él lo mismo que hacer capturas de pantalla, fotografías. Leer lento te convierte en un hombre lento. Y si eres escritor, y Richard Ford no quería otra cosa que ser escritor, te convierte en un escritor lento, aunque él ganó velocidad en sus años como periodista deportivo, allá por los 70. Ser periodista deportivo le llevó a crear a Frank Bascombe, un periodista deportivo, y acabar en la clínica Mayo por estrés, como también acabó su personaje. 

Precisamente, por Frank Bascombe en El periodista deportivo (1986) fue como conocimos a Richard Ford en España. Luego seguimos la vida de Bascombe a lo largo de los años, cada década, en El día de la Independencia (1995), que es la única novela que ha conseguido obtener conjuntamente el premio Pulitzer y el Faulkner, y Acción de gracias (2006)Ahora, Frank se dedica a vender pisos en la reciente Francamente Frank (2014). Entre medias, más novelas, cuentos largos y algunas piezas de orfebrería en cada párrafo como los integrados en Rock Springs. Todo en el disléxico estaba cuidadosamente trabajado. 

"Si hubiera escrito más y hubiera hecho menos pausas no sólo me habría vuelto completamente loco sino que, casi con toda seguridad, habría demostrado ser peor narrador de lo que soy. La mayor parte de los escritores escriben demasiado", dijo con motivo de su recopilación de textos autobiográficos que tituló Flores en las grietas. También con ese motivo habló de su dislexia: "Si no fuera disléxico, no sé si sería el mismo tipo de novelista. A consecuencia de mi lentitud en la escritura y la lectura, mis libros son más pacientes y profundos que acelerados y superficiales. La dislexia te obliga a escuchar con atención a los demás si quieres entender algo. Esto hoy resulta de lo más exótico, porque en la mayoría de conversaciones no se comparte información. No hay empatía ni compasión, ni tampoco entendimiento posible. Las conversaciones de hoy consisten en un grupo de personas haciendo cola, esperando su turno para hablar". 

El esfuerzo de superación implícito en el trabajo de Ford, así como la conciencia de deglutir la realidad a un ritmo distinto se traslucían ayer en sus palabras de agradecimiento al Princesa de Asturias: "Es personalmente alentador no sólo por lo que ya he escrito si no por lo que aún pueda escribir. Significa que mi editor no ha perdido su precioso tiempo apoyándome durante todos estos años", declaraba el autor, que también señalaba la importancia de los premios a la hora de constatar que no es un escritor "perezoso e inútil". 

En nuestro país, Richard Ford se convirtió en el escritor franquicia americano para Jorge Herralde en la editorial Anagrama -"Es mi héroe. Somos muy amigos", decía el autor de Canadá de su editor español tras conocer el premio-, compitiendo con el compulsivo Paul Auster, cuyas obras estaban llenas de giros en la acción. Ford era, es, todo lo contrario. Los pasajes se suceden con aparente rutina y te van metiendo, lentamente, dentro de los personajes de una América que se ha ido transformado ante nuestros ojos en cada título. Es curioso, porque ambos autores terminaron escribiendo libros sobre sus progenitores, títulos emocionantes y muy diferentes. Mientras Auster reconstruía una relación paterna en La invención del padre, Ford lo hacía con la madre en Mi madre, un relato tremendamente complejo en su sencillez. Y asombroso. Porque todo en Ford es asombroso sin salirse de lo cotidiano. La obra de Ford permite construirnos un tiempo, una época en la que todo ha pasado a menos velocidad de lo que creíamos. Otra vez la velocidad. La no velocidad. 

Ayer, dicen quienes saben de esto, el jurado del Premio Princesa de Asturias se ha adelantado al mismo Nobel y le ha otorgado a Richard Ford un reconocimiento a la pausa. De Ford se afirma que sigue la estela de la gran literatura norteamericana del siglo XX, la estela que va de Faulkner y Scott Fitzgerald a Philip Roth, que ha sido también el último autor americano en llevarse este premio. Siendo todos tan distintos, el Princesa de Asturias de las Letras parece subrayar este reconocimiento a la pausa en un mundo de vorágine. También a la superación. Indudablemente, a la perfección. 

El acta del jurado, a la que ha dado lectura su presidente, el director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, destacó ayer que la obra de Richard Ford, profundamente contemporánea, recurre a una épica "irónica y minimalista" para definir personajes, tramas y argumentos. 

"El cuidado detallismo en las descripciones, la mirada sombría y densa sobre la vida cotidiana de seres anónimos e invisibles, conjugan la desolación y la emoción de sus relatos", añadió el jurado, que optó por Ford en la última ronda de votaciones frente a la candidatura del poeta polaco Adam Zagajewski. 

El galardón, el sexto en fallarse de los ocho que convoca anualmente la Fundación Princesa de Asturias, está en posesión de autores como John Banville, Antonio Muñoz Molina, Leonard Cohen, Paul Auster, Claudio Magris, Arthur Miller, Doris Lessing, Augusto Monterroso, Günter Grass, Carlos Fuentes, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Leonardo Padura o Juan Rulfo.

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