Razones de una voz herida y poderosa

  • Pablo García Baena y Rogelio Reyes Cano analizan la modernidad de Cernuda en la apertura del ciclo que la Casa de los Poetas dedica al autor para conmemorar el cincuentenario de su muerte.

"Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo", escribió Luis Cernuda en Ocnos, "he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad". Y sin embargo su destino, apostilló ayer Pablo García Baena, estuvo "como escrito en el agua", y "nada de lo que deseó fue suyo", salvo esa nostalgia "tan en carne viva" que late, terrible y hermosa, en sus versos claros y profundos, en sus palabras donde sangraban las heridas de una larga y azarosa vida de transterrado, como las que escribió tras visitar un jardín en Cuernava en su exilio mexicano: "Esta nostalgia no es tuya, sino de alguien que ya la sintió antaño en este sitio, con este aire que ahora mueve las ramas".

Junto al catedrático de Literatura Española de la Universidad de Sevilla Rogelio Reyes Cano, García Baena inauguró el ciclo que la Casa de los Poetas y las Letras celebra -también durante la jornada de hoy- en la Casa de los Pinelo, sede de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Cernuda en Ciudad de México, tan lejos de Sevilla, la ciudad que lo convirtió en un ser "capaz del rencor, pero no del olvido", la misma que no se nombra nunca pero vibra rotunda y arcádica en cada uno de los pasajes de Ocnos, aquel libro que vio la luz en 1942, y que es, dijo el profesor Reyes Cano, "la más sutil elegía que jamás se haya escrito sobre una ciudad innominada".

La presencia misma de García Baena en el acto sirvió para justificar, si es que hacía falta, el título de estas jornadas, A un maestro presente. No en vano el poeta cordobés es la figura más visible del grupo Cántico, que junto con los creadores de la Generación de los 50 asumió, prolongó y mantuvo plenamente viva hasta los creadores de nuestros días, mucho más allá de la retórica que a veces se emplea para hablar de los clásicos, la indiscutible modernidad estética de la voz de Cernuda. Sirvió para eso y para disfrutar de sus palabras en sí mismas, porque el autor de Antiguo muchacho o Los Campos Elíseos, ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras y del Reina Sofía de Poesía entre otros muchos reconocimientos, leyó, recitó más bien, con una voz más cautivadora cuanto más fatigada, un espléndido y emocionante texto en el que -con una prosa exquisita que parecía dar vida a las plantas, los olores, las oquedades en el pecho que nombraba- ensayó un retrato del hombre en la distancia, de un poeta en sus días finales que hacía mucho que sabía bien que "la mirada se hace profunda con el primer frío".

Antes, en la primera intervención de la jornada, Rogelio Reyes Cano analizó las claves que explican por qué Cernuda es, afirmó, no sólo "uno de los espíritus más elevados y sutiles de todos los tiempos" que ha conocido Sevilla, la ciudad en la que dejó "unas raíces vitales mucho más fuertes de lo que él mismo siempre quiso reconocer" -al fin y al cabo, ya lo dijo Machado, "se canta lo que se pierde"-, además de la voz lírica de todo el 27 que "más trascendencia sigue teniendo hoy en día" por la "buena poesía que sigue generando"; sino también, por la coherencia que en su caso se da "entre vida y poesía", por sus temas recurrentes (el deseo y el sueño, el amor y la muerte, el desgarro del ser fragmentado, dubitativo y hasta exiliado de sí mismo) y su "visión dramática de la vida sólo compensada por la gracia de la belleza", un "arquetipo", alguien que mediante su intransferible sentimiento de desolación existencial de algún modo -tan particularmente doloroso como bello- acabó encarnando "el drama del hombre moderno".

Esa condición la alcanzó este sevillano de honda vida interior, perteneciente a esa elegida casta de "ensimismados" con los que de vez en cuando la ciudad se recuerda a sí misma que el júbilo exaltado es sólo una convención, con ese aire elegíaco, de fría contención emocional, con ese "tono meditativo, culto y coloquial a la vez", alejándose de la "sentimentalidad demasiado expresa", que se encuentra en obras como Donde habite el olvido, Las nubes,Desolación de la Quimera, Como quien espera el alba o Perfil del aire, el primer libro que escribió, en sus últimos años en la ciudad, de la que se marchó en 1928 a los 26 años para no volver nunca más si exceptuamos la breve visita que realizó en 1934 dentro de las Misiones Pedagógicas de la República.

"Sevilla tiene contraída una deuda con Cernuda", afirmó taxativamente Reyes Cano antes de aclarar que no se refería ni a un rótulo en una calle más céntrica o visible ni a un aparatoso monumento, sino a algo mucho más íntimo como la "conservación digna" de las dos casas en las que vivió el poeta, una en la calle Acetres, donde el niño, antes de ser poeta, ajeno a la conciencia del tiempo, experimentó una felicidad sensual y edénica, y la otra, "sencilla, recatada, sin pamplinas", como la definió Pedro Salinas, en la calle Aire del barrio de Santa Cruz.

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