Reencuentro con dos 'murillos'

  • El Museo de Bellas Artes restaura dos óleos del artista, 'San José con el niño' y 'San Juan Bautista', que el pintor sevillano realizó para el Convento de Capuchinos

El Museo de Bellas Artes presentó ayer dos óleos sobre lienzo de Bartolomé Esteban Murillo que han sido sometidas a restauración, San José con el niño y San Juan Bautista, dos piezas concebidas para el retablo del Convento de los Capuchinos en la plenitud artística del autor, entre los años 1665 y 1669.

El director de la pinacoteca, Antonio Álvarez -que presentó el resultado de esta restauración junto con el delegado de Cultura de la Junta, Bernardo Bueno- informó de que estas obras se podrán ver el fin de semana "más de cerca", ya que durante este tiempo permanecerán próximas al espectador, antes de ser trasladadas, el próximo lunes, a otra sala donde estarán colocadas en una posición más alta y a mayor distancia de la mirada de los visitantes.

Las restauradoras Mercedes Vega y Fuensanta de la Paz Calatrava explicaron ayer el laborioso proceso de restauración que han tenido las obras, para el que se han utilizado métodos científicos inexplorados hasta ahora. "Gracias a las técnicas que tenemos podemos saber con precisión, por ejemplo, cómo eran las preparaciones de los lienzos", afirma Calatrava, que cree que "todas estas técnicas nos aportan conocimiento". Entre los pasos dados se encuentran la sustitución de los bastidores, que estaban "en un estado lamentable", la realización de injertos en los bordes del cuadro y la "reintegración cromática" de las lagunas existentes. Una intervención que las especialistas han disfrutado con emoción. "En toda carrera profesional hay momentos donde te sientes un privilegiado. Ésta ha sido una ocasión para profundizar en el estilo de un autor maravilloso", asegura Valme Muñoz, jefa del departamento de conservación del museo.

En San José con el niño, el primero sostiene al pequeño sobre un pedestal en un paisaje con restos de ruinas clásicas. San Juan Bautista, por su parte, retrata a su protagonista en un trance de contemplación mística. Se trata de una escena de grandes contrastes lumínicos, en la que la luz que simboliza la presencia divina cae con intensidad sobre el santo.

Las pinturas dejaron el Convento de Capuchinos con la desamortización de Mendizábal. Tras sufrir diferentes traslados, llegaron al museo en el año 1840.

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