Respeto flamenco al mito de Camarón

  • Capullo de Jerez y Rancapino brillan en el modesto tributo que San Fernando dedicó al cantaor, en una velada en la que también sonaron vítores por el triunfo de la selección · El mausoleo del cantaor recibió a sus fieles.

¿Saben eso que se dice en el flamenco? “Poquito y bueno”. Una máxima agradecida en recitales que, casi de manera natural, tienden a alargarse y, en muchos casos estropearse, cuando el artista que está sobre el escenario se siente a gusto y pierde la noción del tiempo. Cuando esto ocurre el público se acuerda del “poquito y bueno”, se prefiere un pase cortito y de calidad, como las buenas esencias. Pero en el caso del homenaje al 20 aniversario de la muerte de Camarón que se celebró la noche del domingo en San Fernando la sentencia no se acomoda a la cita. Y no por la falta de intención, emoción o interés de los artistas participantes, que pusieron todo su buen hacer y su corazón, sino porque el tributo bien merecía la presencia de muchos más artistas de primera línea del cante, del toque y, por qué no, del baile. 

Tributo modesto, sí, pero con alma, no se puede negar. Los cantaores lidiaron con el claxon de los automóviles y con los gritos de la afición enardecida por la victoria de España en la plaza Juan Vargas y alrededores. Pero ellos, a lo suyo. Así, Jesús Castilla hizo un esfuerzo de concentración para enfrentar la soleá por bulerías y una tanda de fandangos en esa primera hora de locura generalizada en la que sólo unos pocos aficionados, que ni llenaban la plaza, permanecían atentos a la actuación del joven escoltado a la guitarra por Lucas.

Castilla es poseedor de una voz joven y con hermoso color pero, quizás, su interpretación adoleció de excesiva planicie. El acompañamiento a las palmas fue correcto sin más, no le insufló el jaleo necesario para crecerse por fiestas ya que los jóvenes acompañantes permanecían estáticos, hieráticos. Aún así, Castilla bajó de la escena dejando los deberes hechos. Siguió su rumbo a pesar de que el viento le venía de contra.

Las aguas seguían aún algo revueltas cuando Paquito de la Isla se hizo con la escena. El cantaor, que fue uno de los amigos del barrio del inolvidable artista, elaboró un repertorio netamente camaronero. Sus mimbres, de hecho, sus giros y maneras, llamaban una y otra vez al eco del artista en homenaje emocionante. Soleá, fandangos y bulerías (a las que llegó algo fundido y que dedicó “a mi amigo José que en gloria esté”) se sucedieron en su repertorio que tuvo como punto álgido los tangos Al amanecer, que desataron la ovación más grande de lo que llevábamos de noche.

Los aplausos se volvieron a intensificar junto a la Venta de Vargas cuando Dolores Montoya, La Chispa, y Luis Monge subieron al tablao para recibir de manos del alcalde un ramo de flores que la viuda de Camarón, acompañada de su hijo, depositó a los pies de la estatua que corona la plaza. La Chispa habló poco, sólo expresó su agradecimiento por mantener a Camarón vivo, en cambio, sí estuvo presente durante todo lo que restaba de gala detrás del escenario, en un backstage también modesto donde los artistas revoloteaban de un lado a otro ya que no tenían ni camerinos en los que calentar. En este espacio, acomodada en una silla, Dolores Montoya escuchó a Rancapino y Capullo de Jerez, los dos artistas que quedaban por salir a escena. También departió con los amigos y se mantuvo, siempre, atenta a las actuaciones. Desde esa silla también contemplaba, sin perder la sonrisa, el vídeo con imágenes de José Monge Cruz que se proyectó sobre la fachada de uno de los edificios que rodean a la plaza. Una pieza que culminaba con la leyenda: “Camarón siempre”.

Y con Camarón siempre en el corazón camina uno de los artistas más veteranos de la provincia. Alonso Núñez, Rancapino, desplegó su voz ronca, su eco negro y oscuro en unas alegrías que supieron a Cádiz y un par de fandangos donde la partida la ganó la expresividad y el metal. Rancapino, que comenzaría contando un par de anécdotas sobre Camarón, se acompañó bien al jaleo por una reunión comandada por el músico y productor Julio Jiménez, Chaboli, esposo de Niña Pastori e hijo de Jeros, de Los Chichos.  El cantaor también invitó a subir a su “sobrino” Luis Monge, Luis de Camarón, que se sumó como tocaor en unas bulerías que, con mucho gusto, desgranó el de Chiclana.

El tributo tuvo su parada final en el Barrio de Santiago. Miguel Flores, Capullo de Jerez, se entregó por los palos más festeros, y también en un apunte por fandangos, con su característica e histriónica manera de interpretar con el gran Niño Jero al toque. Compás y arte el del jerezano que no dudó en envalentonarse a capella y en dar una vueltecita de ánge que volvió loco a un público que, a estas alturas de la noche (la una de la madrugada), llenaba la plaza y calentaba, también con corazón, el modesto tributo.

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