El Rey Sabio vuelve a su palacio sevillano

La fuerza de la música antigua en Sevilla se demuestra en días como el de ayer domingo, con tres conjuntos sevillanos actuando en espacios diferentes de la ciudad en apenas tres horas y media de margen entre el comienzo del primer recital (el del Coro Barroco) y el final del último (el de la OBS).

Artefactum presentó en el Festival el programa de su último disco, dedicado en exclusiva a las Cantigas de Santa María, un programa que el conjunto tiene ya suficientemente rodado, lo que se apreció en una interpretación de notable equilibrio, y ello a pesar de la entrada de una cantante nueva en el grupo, la de Sara Rosique. Faltó la voz de Vicente Gavira, que da un tono de especial gravedad al conjunto, pero la diferencia tímbrica y de carácter de las dos voces femeninas y el inconfundible estilo, natural y chisposo, de Francisco Orozco, sirvieron para contrastar convenientemente una música en esencia monódica, cuyo máximo poder de atracción reposa en la variedad de las instrumentaciones y la teatralidad del canto.

De todo ello hubo, pero sin concesiones a la galería. El conjunto se volcó en ofrecer a los textos alfonsíes (¿cuántos de ellos no nacerían en el Alcázar en el que ayer sonaron, la residencia sevillana del Rey Sabio?) el justo apoyo que los hiciera comprensibles y disfrutables. Bien medidos resultaron los tiempos y los contrastes entre las piezas más desenfadadas y las más recogidas, aunque pudieron las primeras. Sin embargo, uno de los momentos más prodigiosos se produjo con las segundas, cuando Mariví Blasco cantó con el solo acompamiento de un arpa gótica una maravillosa, por refinada, exquisita y dulcemente sensual, Con razon é d'averen gran pavor. Fue como si el tiempo se hubiera detenido.

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