Románticos en el jardín

XV Noches en los Jardines del Alcázar. Dirk Vanhuyse, violonchelo; Tommaso Cogato, piano. Programa: 'Clásico y romántico' (Sonata en sol menor Op.5 nº2 de Beethoven y Sonata en la mayor de Franck). Lugar: Jardines del Alcázar. Fecha: Martes 9 de septiembre. Aforo: Casi lleno.

Cuando al violonchelista belga Dirk Vanhuyse, solista de la Sinfónica de Sevilla desde la fundación de la orquesta en 1991, se le nota motivado, concentrado y entregado, sus prestaciones pueden llegar a lo excepcional. Lo demostró el martes con uno de los mejores recitales de música del siglo XIX a los que yo recuerde haber asistido en el ciclo del Alcázar. Y en ello tuvo también mucho que ver su acompañante, un Tommaso Cogato de pulsación nítida, sonido limpio y ornamentación finísima (esos trinos del rondó beethoveniano se quedan en la memoria mucho tiempo).

El recital se presentaba con el título de Clásico y romántico, contraponiendo la Sonata del Beethoven aún joven (y clásico) a la madurez (romántica) de la Sonata de Cesar Franck (transcripción de su celebérrimo original para el violín), pero el carácter de la interpretación colocó ambas obras en el universo del Romanticismo. El sonido oscuro y profundo que Vanhuyse mostró desde el Adagio introductorio de la obra beethoveniana apuntaba en efecto al sentido patético y sombrío de tanta música romántica. Con vibrato siempre generoso, pero línea firme (precisos y límpidos los agudos toda la noche), el violonchelista belga dibujó un Beethoven dramático, robusto y lleno de claroscuros, a lo que contribuyó un piano de un carácter mucho más apolíneo, con un Cogato que aprovechó el rondó final para hacer que la obra derivase hacia un mayor lirismo, un sentido algo más luminoso y brillante. La expresividad beethoveniana se tornó sugerente, casi simbólica, en la muy proustiana Sonata de Franck, con un equilibrio excepcional entre los dos instrumentos, que se apoyó en un trabajo cuidadísimo con las dinámicas, y una intensidad en el fraseo que en ese inmortal canon del último movimiento se tornó en un juego de grácil y fugitiva elegancia.

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