Ruinas que pudieron evitarse

  • Jorge Yeregui retrata el abandono de un proyecto arquitectónico fallido en 'Guidelines', denuncia del descontrol que promovían las leyes del mercado.

Guidelines. Jorge Yeregui. Alarcón Criado Galería de Arte Contemporáneo, Velarde, 9. Hasta el 17 de mayo.

La pintura del paisaje dedicó uno de sus primeros ejercicios a representar perfiles de las ciudades. Los trabajos de Höffnagel, publicados después por Georg Braun en Civitates Orbis Terrarum, dan cuenta de ese afán. Esas orgullosas imágenes de la ciudad eran índice de una cultura, la urbana, o mejor, la burguesa, que ofrecía una vida más segura frente a la incertidumbre natural y la arbitrariedad de los señoríos. La ciudad no olvidaba la presencia de la naturaleza pero mientras en su interior aparecía dominada por potentes edificaciones, de puertas afuera quedaba reducida a rasgos pintorescos.

Más tarde (quizá ya con Salvator Rosa pero sobre todo con el alborear romántico) la pintura cultivó la imagen de la ruina. Con ello hacía justicia a la naturaleza, restituyéndole su vigor, y a la vez evocaba modos de vida perdidos: la sencillez de la aldea, la piedad del monasterio o la nobleza del castillo. Absorbidos por la naturaleza, empeñada en crecer entre sus restos, eran signos de una memoria tocada en parte de falsedad: porque en la evocación de aquel pasado, cuyo ocaso lamentaba, había también una queja ante el presente, cuya dureza anunciaban ya las exigencias del mercado y el rigor del trabajo asalariado. Quizá por eso Theodor W. Adorno dijo que esas vistas de ruinas (que llamó paisajes culturales) eran sobre todo imágenes del sufrimiento: del dolor pasado, vivido en tales enclaves, y del que en el presente recuerda otros tiempos como evasión ante la fría lógica del interés, propia de la vida moderna.

Sin ánimo de ser excluyente, tal vez puedan verse aquellas vistas urbanas y estos cuadros de ruinas como el haz y el envés de la racionalidad moderna: en las primeras, la arrogancia, entre ingenua e insolente, de esa racionalidad y en la ruina, el dolor de cuanto ella misma silencia y olvida. Jorge Yeregui (Santander, 1975), arquitecto por la Escuela Técnica Superior de la Universidad de Sevilla, parece tener muy presentes, en sus fotografías, estos dos momentos del paisaje. Así lo muestra ya la desazón de la serie En el camino (2006-7) -edificios dejados a medio hacer, ruinas de proyectos frustrados- como el ácido humor de una propuesta anterior, El valor del suelo (2005), en la que dignas familias posan satisfechas ante la casa adosada recién adquirida (ocultas quedan las condiciones de la hipoteca). Las imágenes de Paisajes mínimos (2008) apuntan a la conciencia que del propio poder tienen esas instituciones (del Commerzbank en Frankfurt a la Biblioteca Nacional de Francia) que recluyen entre sus muros especies vegetales potentes, como si fueran animales enjaulados. Una serie más reciente, E.N.P. (Espacios Naturales Protegidos) levanta acta de la inclusión en estos parajes de elementos artificiales (pasarelas, señales de tráfico) más cercanos a signos de dominio que a rasgos de utilidad.

El trabajo ahora expuesto, Guidelines (Líneas maestras), sintetiza aspectos de las iniciativas anteriores pero subraya los efectos de la febril búsqueda de fáciles plusvalías inmobiliarias que, reventada la burbuja, sólo quedan en intento estéril de conformación del territorio. Estas Líneas maestras lo son, más que del deseo de racionalizar un territorio, del ciego dinamismo de los mercados que ayer impulsaban a construir sin saber por qué o para quién, y hoy exigen obediencia a la austeridad y el empobrecimiento.

Guidelines es por el momento una sola obra. De internet se han tomado dos vistas aéreas de un polígono industrial proyectado en Talavera de la Reina: en una, aún se advierte la actividad en el movimiento de tierras, mientras que en la otra la parálisis ya es evidente. Tal abandono lo recogen tres grandes fotografías: tierras allanadas (vistas desde un espolón rocoso), círculos de rotondas entre tierras removidas para viales no realizados, bordillos de acerado entre los que crece la hierba. A las fotos se añaden cuatro vídeos, en los que la cámara recorre el proyecto abandonado, y cuatro tomas fijas con las cintas de delimitación agitadas por el viento. Las imágenes son tan potentes en su sencillez que hacen algo gratuitos otros dos elementos de la muestra: un saco de cemento olvidado en la obra (que el tiempo se ha encargado de fraguar) y algunas hojas de la memoria del proyecto interrumpido. Las imágenes bastan para hacer reflexionar sobre qué (des)confianza merecen las supuestas leyes del mercado y cuánta ceguera puede haber en los discursos que las elevan a dogma, negándose a introducir en su funcionamiento correcciones, control o vigilancia. La muestra es así una serena advertencia sobre los riesgos del credo neoliberal.

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