Sentados en las rodillas del abuelo Renoir

Al final de su carrera, como al principio, Renoir hacía filmes bellos y simples, reforzando la denuncia humanista con una calibrada puesta en escena. En 1959, tras filmes como Elena y los hombres o French Cancan, la vuelta a la naturaleza no fue igual que en Partie de campagne (1936), donde el asalto a lo profílmico celebraba el combate con lo real-azaroso, y en ese momento, con la preocupación del maestro puesta en otro tipo de impureza (la de la comunión de las artes hermanas mediante el documento de la representación), Renoir parecía dialogar de otra manera con el cuadro pictórico y la tradición moderna impresionista. Como en el famoso cuadro de Manet con el que comparte título, aquí, bajo una sátira didáctica sobre la importancia de no hacer recaer en la ciencia la felicidad de los hombres, se trata del esplendor de la carne (Rouvel, en el apogeo de la vida), ése que debe recordarnos que también hay que rendir pleitesía a nuestra naturaleza animal y primitiva. Volviendo a ver la película, en la buena copia que sirven Avalon y Fnac, se nos vienen a la cabeza otros filmes postreros, los que Akira Kurosawa dedicara a convencernos de las virtudes de ser sólo seres humanos.

Director Jean Renoir. Con: Paul Meurisse, Catherine Rouvel. Avalon/Fnac.

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