Simbolismo y expresionismo se dan cita en la pieza

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En primer lugar, queremos saludar con alegría la iniciativa de una programación alternativa a la Feria, pues todo tiene su público en cualquier ciudad que se precie de cosmopolita.

La cita teatral de anoche nos llevó al mismo escenario del Teatro Central donde, desde tres gradas, asistimos al estreno de La noche, el último trabajo del sevillano Teatro del Velador. Su director, el polifacético Juan Dolores Caballero, famoso por su teatro grotesco y sin texto, a pesar, o además de por sus incursiones en el mundo de la danza -El patio ha sido su última apuesta- ha basado su espectáculo en un texto muy poético y simbólico, escrito en 1890 por el belga Maurice Maeterlinck: Los ciegos.

La pieza, ya escenificada en 2005 en este mismo teatro por las máscaras de Ubu Teatro, tropieza con una enorme dificultad: su falta absoluta de acción. En ella, doce ciegos -cinco en el espectáculo de El Velador- son abandonados en una especie de bosque del que ninguno de ellos está en condiciones de salir.

Como más tarde sucedería con Esperando a Godot de Beckett, los cinco actores sólo cuentan con la inocencia de un lenguaje que, por duro y rebelde que se presente, no logra salir de su valor fonético y rítmico para cambiar un ápice la realidad circundante. Ni siquiera el que repite "yo sé volver" es capaz de arriesgarse a un camino...

Ante esa falta absoluta de salidas y de acciones, Caballero se centra especialmente en el minucioso trabajo corporal de los actores. Son sus cuerpos los que modulan la desesperación o la esperanza de los protagonistas con sus paseos, sus empujones, sus marchas en fila india, o sus típicos pelotones sin dirección. Todo ello en un hermoso espacio escénico y enriquecido por una estupenda música -los ciegos son también músicos- y una eficaz iluminación. A veces, en nuestra opinión, hay un choque de lenguajes entre el simbólico y enigmático de Maeterlinck y ese expresionismo de dientes postizos y continuos tics al que tanto le cuesta renunciar a El Velador. Aunque ello no resta un ápice al gran trabajo que realizan todos en favor del conjunto.

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