Sokolov: el piano como altar de comunión musical

  • El pianista ruso ofrece hoy en el Teatro de la Maestranza un recital con obras de Mozart y Chopin en el programa

"Ahora, a esperar su vuelta". Así terminaba una de las críticas del último recital sevillano de Grigory Sokolov, desarrollado en el Teatro de la Maestranza el 14 de diciembre de 2002. Y ha llegado ese momento tan esperado por quienes tuvieron la fortuna de ver y escuchar al mago ruso del teclado en sus anteriores tres comparecencias hispalenses (1995, 1997 y 2002). Nadie que haya asistido a alguno de sus recitales olvidará jamás ese clima, esa atmósfera tan especial: penumbra en el escenario, luz cenital de baja intensidad, interpretación de tres sonatas de Beethoven sin interrupción y sin aplausos intermedios, generosidad en las propinas. En fin, toda una parafernalia alternativa a los excesos visuales de tantos otros pianistas que intentan seducir más por la imagen que por el sonido.

Las apariciones de Sokolov en una ciudad vienen siempre precedidas de todo un arsenal de noticas, confidencias y rumores. Quizá el más persistente de ellos sea el de su obsesión por conocer hasta sus últimos recovecos los instrumentos con los que debe interpretar sus recitales. Los aficionados se hacen lenguas sobre las horas que Sokolov es capaz de dedicar a desmontar y analizar cada piano. Nuestro compañero Pablo J. Vayón habló de siete horas el día de la víspera y de otras cuatro o cinco el mismo día del recital maestrante. Es evidente que su capacidad de trabajo con el instrumento es inacabable, como él mismo ha manifestado en alguna que otra entrevista: seis o siete horas por la mañana y tres o cuatro por la tarde, hasta menos de una hora antes del concierto. Y buena parte de ese tiempo lo dedica a conocer a fondo el piano: la presión de sus teclas, al compacidad de los fieltros, el tiempo de respuesta en los rebotes, la flexibilidad o rigidez de los pedales y hasta el estado de todas y cada una de las cuerdas, midiendo su grosor y cotejando el número de serie de fabricación con sus bases de datos.

Todo ello denota una verdadera y extraordinaria veneración por el sonido del instrumento. Desde que a los 16 años ganase el prestigioso Concurso Tchaikovsky, con un Emil Gilels apabullado ante el arte del joven y que tanto hizo por impulsar sus primeros pasos, se evidenció que estábamos ante un mago del sonido, ante un taumaturgo capaz de extraer del instrumento de teclado los colores y las tonalidades más diversas e insospechadas. La crítica pondera la naturaleza barroca de su Rameau, el control de la sonoridad de su Mozart, la profundidad de su Beethoven o la sobriedad de su Chopin. "Sólo toco la música que amo", dice. Por eso su pianismo nace de la comunión íntima, extática y amorosa, con músicas como las dos sonatas (KV 280 y 332) de Mozart o los preludios op. 28 de Chopin que esta noche servirán para que Sokolov repita la ceremonia de la compenetración entre música, intérprete y público.

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