Tangos con alma barroca

Desde hace años, desde los tiempos del grupo Poema Armónico, Guillermo Peñalver supone uno de los activos más importantes en el capital cultural de Sevilla. Su maestría en las flautas, primero en las de pico y después en la travesera, y el magnetismo que desprende su figura y su forma de interpretar hacen que cada una de sus apariciones públicas sea esperada con fruición.

En la ocasión que aquí nos trae hubo ocasión de escucharle con un instrumento (travesera moderna) y un repertorio (siglos XIX y XX) poco habitual en él, pero en el que dejó su reconocible huella. Tras dos ligeras piezas de ambientación popular del norteamericano Robert Beaser, sonó una versión para guitarra y flauta de la famosa sonata Arpeggione de Schubert, versión que en más de un momento ponía a prueba la capacidad de resistencia respiratoria del flautista, pero en la que Peñalver desplegó ese fraseo delicado y meticuloso, con los acentos perfectamente medidos y colocados como para subrayar en cada momento el grado de intensidad expresiva que requiere la frase. La suavidad de su legato fue especialmente reseñable en Café 1930 de Piazzolla, todo un ejemplo de lirismo expresivo. Y en las dos últimas piezas del argentino se pudo comprobar el buen estado del virtuosismo de Peñalver, con unos estupendos frulatos.

No acabo de entender la razón del uso de una guitarra romántica por parte de Mercedes R. Carmona, un instrumento adecuado a la obra de Schubert, pero notablemente insuficiente en la de Piazzolla, que requiere un instrumento con mayor contundencia sonora en los graves y una mayor presencia. Resolvió bien algunas dificultades técnicas (pasaje en terceras de semicorcheas al principio de Night-club 1960, por ejemplo), pero el fraseo poco fluido y los numerosos roces e imprecisiones sustrajeron parte del encanto de la original cita musical en los Alcázares.

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