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Távora, de la pena al júbilo

  • 45 años después de su estreno, Salvador Távora repone 'Quejío', su ópera prima y el inicio de la carrera fulgurante de su grupo La Cuadra

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El teatro Tavora vivió anoche una velada llena de emoción y de reencuentros. Los más mayores, la emoción de recordar la obra y los dolores por los que grita: la España maniatada y hambrienta de Franco, con un millón y medio de emigrantes, el Chile de Pinochet, que asesinó a Víctor Jara por cantar a la libertad...

Los aficionados al teatro, la emoción de contemplar, en vivo, el origen, el manantial de la larga y riquisima trayectoria de Salvador Távora, al que nunca podrá agradecérsele bastante el haber llevado por todo el mundo el arte y el nombre de Andalucía.

Una aventura que empezó cuando el escritor José Monleón (al que anoche se le rindió, a él y a Paco Lira, un pequeño homenaje en presencia de su hija Ángela) le aconsejó al Teatro Lebrijano -también presente con algunos de sus miembros- que introdujera el flamenco en su mítico espectáculo Oratorio por ser este arte menos perseguido por la censura que el teatro. Távora entró entonces como cantaor y, cuando en 1971 fue prohibida la obra en Madrid, él ya había decidido dedicarse a un teatro que le ofrecía nuevas formas de expresión. Así se reunió con amigos como Joaquín Campos, Juan Romero o Pepe Suero, y en el corral de este último, y luego en la Cuadra (el local de Paco Lira, anterior a la Carbonería, que dio nombre al grupo) con la ayuda de Alfonso Jiménez, fraguaron ese grito que fue Quejío.

El espectáculo se estrenó el 15 de febrero de 1972 en el Teatro Experimental Independiente (TEI) de Madrid a la una y media de la madrugada. Tras dos meses en cartel viajó a Francia (con un impresionante éxito en el Festival de Nancy), Italia, Manizales, en Colombia... Se unieron Angelines, la mujer de Romero, Miguel López y José Domínguez, un cantaor que, tras ahorrar para una tropilla de cabras, se converiría en El Cabrero. En marzo de 1975, cuando cerraron su andadura, habían hecho 471 funciones y recorrido 9 países.

Anoche, 45 años después, con dos veteranos en escena (Jaime Burgos a la guitarra y el bailaor Juan Romero con la flauta), la emoción se repitió. En una España igualmente convulsa, aunque más sofisticada por las tecnologías, fue impresionante ver la sencillez y la verdad de Quejío. Un bidón -el que tenía con geranios la madre de Suero- unas cuerdas del muelle, cuatro candiles, una guadaña, una hoz... y las voces del Quincalla, Florencio Gerena y Manuel Márquez con el baile del joven y entregado de Juan Martín. Todo era de verdad, el aceite de los candiles, el delantal de la mujer sumisa, el grito por seguiriya, tarantos o petenera y el esfuerzo y el sudor al tirar de las cuerdas. Una verdad desnuda que sirvió de modelo a otros teatros mestizos, como el de Mario Maya, y que luego fue evolucionando, al mismo ritmo que España, hacia la técnica y el artificio.

Y anoche, también el júbilo de Távora al recibir el cariño de tantos amigos y viejos actores y actrices de su grupo. Con ellos, estuvieron presentes, entre otros, la hija de Blas Infante, la consejera de Cultura y el alcalde de Sevilla.

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