Temas tan eternos como la muerte y el abandono

Noche triste y largamente repetida la de anoche en la historia del teatro. Alguien querido muere y el telón se levanta porque ésa es la vida del actor.

Antes de comenzar la pieza, Sario Téllez llama al escenario a algunos compañeros de Atalaya que, tras unas emocionadas palabras, piden un minuto de silencio por la muerte de Carlos Iniesta, uno de los grandes pilares de la compañía -dramaturgo, autor y consejero permanente- junto a su hermano, el director de la misma Ricardo Iniesta.

El público, entre el que se encontraban Zurro, el autor de la obra, y muchos amigos del grupo, guarda un silencio sepulcral, se emociona a sabiendas de lo mucho que habrá repateado a Carolo dicho gesto.

Luego, con más nervios que de costumbre, Téllez se entregó a un monólogo demoledor en que una cajera de supermercado habla de su abandono. Una mujer como tantas otras de ese pueblo llano que Zurro retrata como nadie, con ternura e ironía a partes iguales, que va alternando, con ritmo aunque con demasiados oscuros, diferentes instantáneas en las que se mezclan el relato frío de algunos hechos casi banales y el grito de una ebriedad provocada por los humores de un corazón que no cicatriza. Un descenso que la lleva irremisiblemente al abandono último. A una mítica Medea capaz de matar el deseo del hombre que la abandonó en la carne de su propio hijo.

El texto, lleno de matices cómicos y trágicos, de guiños a la Marilyn por excelencia, es acometido por Sario Téllez desde la base del gran trabajo, físico y vocal, que caracteriza a los actores de Atalaya. Un grupo que ha conocido, sin duda, días más felices.

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