'Tombe la neige'

Desde que iniciara la colaboración con los guionistas Agnés Jaoui y Jean-Pierre Bacri en Smoking/No Smoking, una alianza prolongada con el delicioso musical On connait la chanson, el cine de Alain Resnais (Vannes, 1922), veterano y lúcido miembro de aquella gloriosa nouvelle vague que caminó siempre con un pie por fuera del grupo Cahiers y su hermandad de referencias cinéfilas, ha emprendido una suave y crepuscular deriva que, al margen de su habitual e irrenunciable querencia formalista por evidenciar los orígenes (el teatro, del cómic, la literatura, el musical, el espectáculo popular) y el carácter reflexivo y autoconsciente de todas sus películas (de Hiroshima mon amour a Stavisky, de El año pasado en Marienbad a La vie est un roman, de Muriel a Mi tío de América, de Providence a Mélo, de La guerra ha terminado a El amor ha muerto), deposita una mirada serena y sabia, siempre moderna, sobre materiales menores, no especialmente nobles, aparentemente pasados de moda o sacados de un particular baúl de los afectos.

Lo pudimos ver (secretamente) en Pas sur la bouche, su penúltima película, en la que adaptaba una vieja opereta de Barde e Yvain estrenada en 1925, y lo comprobamos y palpamos ahora de nuevo en esta cálida y nevada Asuntos privados en lugares públicos, que lleva al cine una pieza teatral del británico Alan Ayckbourn, un rondó para seis personajes y una estructura de 54 fragmentos que ha trasladado a un París invernal y fantasmal de arquitecturas y volúmenes.

Su condición de mosaico incompleto y zigzagueante se empasta, sin embargo, ante nuestra mirada y nuestros sentidos gracias a la forma que Resnais adopta para trenzar una pieza sentimental tintineante, tristona, hermosa y tragicómica. El destello y la fluidez, la musicalidad de Asuntos privadosý toma cuerpo a partir de su condición itinerante y sus interrupciones, desde determinados gestos de estilo (el acercamiento de la cámara a un rostro, un reencuadre evidente, un fundido a blanco o un encadenado de imágenes que se mecen al modo de aquellas medusas flotantes de los interludios de On connait la chanson), a partir del artificio y el cromatismo dual de sus decorados (el lujoso bar de copas de un hotel, el apartamento, la oficina de una agencia inmobiliaria), con el acompañamiento de esa nieve constante que cae, suavemente, como en la famosa canción de Salvatore Adamo, al otro lado de las ventanas y los escaparates, sobre un puñado de personajes, interpretados por el impagable elenco habitual chez Resnais (Azema, Arditti, Lambert o Dussollier), que no acaban de cruzarse nunca del todo, a través de sus vidas privadas, en sus deseos y fantasías más íntimos; vidas invernales de melancolía, vidas de ida y vuelta, de desamor y soledad, mecidas, abandonadas y retomadas de nuevo, movidas siempre por ese calculado azar del demiurgo.

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