Cultura

Torre de arqueros finos

  • La discográfica sevillana Pasarela pone en la calle un disco con grabaciones clásicas del estilo estrella de estas fechas, la saeta, en voces históricas

La solidaridad alivia dolores. Las dolorosas son la encarnación inmaterial de nuestra pena. Por eso canta el flamenco. Por eso canta saetas. Para aliviar la virgen de su pena. Para aliviarse, con ella, del dolor propio, haciéndolo solidario con todos los que lo escuchan, los que contemplan el corazón acosado por los puñales. Es así de simple: un flamenco canta para dar forma a su pena. Una región, afirma Lorca, tan ajena a la nuestra. También señala el granadino que la saetera canta por no seguir mirándose en la alberca.

Lo que Noam Chomsky afirma de la modernidad para Occidente podemos afirmar de los primeros 36 años del siglo XX para la cultura española contemporánea: el capital estético e intelectual de estos años nos sigue alimentando aún, pese a la falta de amor propio que exhibimos. Lo que vale para la literatura, las plásticas, el pensamiento y la ciencia, vale también para el flamenco. Un buen ejemplo son los cantes contenidos en este disco de saetas.

El dolor de Vallejo es de miel por seguiriyas. El laberinto finamente trenzado de la Niña de la Alfalfa. La saeta se hizo política durante la Segunda República cuando Rocío Vega, al paso de la Estrella trianera, apela directamente a la declaración de Azaña en el congreso de que "España ha dejado de ser católica": Que España ya no es cristiana/se dijo en el banco azul/y aunque sea republicana/ aquí quien manda eres tú/ lucero de la mañana. ¿Mas hay forma de política mayor que aliviarse el corazón en público, de manera que un canto sea el canto de todos, una pena, la pena de los demás? La rabia sublimada en oro de La Niña de los Peines. El dolor estoico pero insoportable de su hermano Tomás Pavón.

Las grandes voces de principios de siglo se ofrecen en este disco trufadas de otras contemporáneas, desde Jesús Heredia al carismático Peregil. Y de marchas tan populares como Pasan los campanilleros o Amargura, algunas de ellas registradas en directo: una de ellas firmadas por mi paisano Gámez Laserna.

Es el estilo jondo por excelencia de esta época del año. A propósito, afirma Anselmo González Climent que "la correntada metafísica del cante se hace teología en la saeta. Pero una teología que no ha cedido su intuición directa de las cosas ni, menos que menos, el limo activo de lo humano". El flamenco está en la calle. Abandona teatros y auditorios y toma las plazas, los balcones de la ciudad. Un género que se inició hace menos de cien años: los cantaores decidieron hacer las "coplillas sentenciosas y morales" que cantaban, primero los religiosos y luego el pueblo, a la forma jonda. Vertieron las coplas de inspiración religiosa al ritmo y la melodía de la seguiriya y el martinete. El género gozó pronto del reconocimiento popular.

Desde los años 30 se grabó con profusión hasta los sesenta. No la registró Antonio Chacón ni el Mellizo, pero sí otros de los nombres que se proponen para su paternidad: el sevillano Manuel Centeno, que está bien representado en esta obra, y el jerezano Niño Gloria, acaso la mayor cumbre del género. La segunda generación de saeteros, la integrada por la Niña de los Peines, Tomás Pavón, Manuel Vallejo, etc, la grabó abundantemente, y es la que está mejor representada en este disco. Más tarde descollaron desde los balcones sevillanos las voces de Antonio Mairena, Manolo Caracol o Pepe Marchena. Pero desde los años setenta, casi nada. Existen, sí, un par de discos monográficos, los firmados por Manuel Mairena en los 90 y Curro Piñana en 2003. La fórmula ha sido la misma desde sus inicios: la seguiriya, el martitene o la carcelera como base melódica.

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