Traspasar el umbral de lo ligero a lo cursi en dos compases

Noches en los Jardines del Real Alcázar. Programa: Obras de I. Albéniz, P. Sarasate. E. Granados, M. de Falla, G. Fauré y C. Debussy. Arpa: Daniela Iolkicheva. Flauta: Mª Antonia Rodríguez. Fecha: Viernes, 28 de agosto. Lugar: Jardines del Alcázar. Aforo: Lleno.

Existe una delgadísima y a menudo inapreciable línea que marca la frontera entre lo ligero y lo cursi. Es ese momento en que, por querer hacer más fácil y más asequible una determinada música, se traspasa el umbral hacia lo excesivamente acaramelado, lo desvirtuado. Así ha ocurrido durante mucho tiempo con la música de Albéniz o de Granados, por poner ejemplos que integraron el recital que nos ocupa; músicas que fueron servidas, con el demagógico argumento del acercamiento a un público no entendido, en arreglos variopintos, en reducciones intolerables y en interpretaciones amaneradas que convertían las composiciones originales en un producto kitsch.

Lo anterior viene a propósito del recital que diseñaron Daniela Iolkicheva y Mª Antonia Rodríguez, dos estupendas artistas que, no obstante, parecieron estar toda la velada muy por debajo de sus capacidades. Y no porque no lo hicieran bien, sino porque el programa, conformado en su integridad (menos Syrinx) por arreglos, discurrió por el camino de lo ligero, lo simple, lo almibarado a veces. Fue el caso de Granada de Albéniz o de la Danza española nº 5 de Granados, momentos en que lo pintoresco del arreglo y el fraseo excesivamente amanerado de ambas intérpretes superaron el límite del decoro. Nada que objetar desde el punto de vista técnico, porque Rodríguez mostró un enorme control técnico, un generoso fiato y un sonido muy bien redondeado y brillante, mientras que Iolkicheva fue la arpista segura, de sonido limpio y articulación nítida de siempre.

Los mejores momentos vinieron cuando se adentraron en la música francesa, especialmente en la Siciliane de Fauré. Rodríguez no consiguió crear el embrujo que Syrinx puede evocar (máxime de noche y en unos jardines) porque se precipitó en un fraseo demasiado acelerado en las primeras frases del tema principal. Iolkicheva, por su parte, otorgó variedad de color especialmente al Clair de lune de Debussy, pero ambas recayeron en la tentación del tipismo edulcorado en las dos piezas finales de Albéniz, más irreconocible que nunca.

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