Crítica de Cine

Triple agotamiento

Al rebufo de Los juegos del hambre y otras franquicias heroico-fantásticas para adolescentes como Divergente, la saga de El corredor del laberinto debutaba en 2014 adaptando el best-seller de James Dashner para abrir la lata de un nuevo relato distópico entreverado de maneras y narrativas propias del vídeo-juego a propósito de un grupo multiétnico de jóvenes enfrentado a la siniestra organización que ha traspasado los límites de toda ética en su lucha contra el virus mutante que está desolando en planeta.

Si aquella primera entrega transcurría prácticamente en el interior de un laberinto de cemento protegido por criaturas monstruosas, la segunda y ahora esta tercera salen a campo abierto y a una ciudad futurista apocalíptica y amurallada para perder una considerable singularidad en su refrito posmoderno de elementos y motivos de la ciencia-ficción y el blockbuster de acción bajo los que cuesta encontrar el más mínimo enganche narrativo o la alegoría sobre el presente que nos permita descansar de cuando en cuando de tanto rescate, tanta persecución, tanta destrucción y tanto aturdimiento en dolby-stereo a lo largo de unos injustificados 141 minutos.

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