Universalidad de lo particular, grandeza de lo pequeño

¿Por qué realizadores como Lubitsch, Hitchcock o Lang, emigrados de lujo a Hollywood, se adaptaron al cine industrial norteamericano hasta el punto de haberle dado algunas de sus obras más destacadas, y otros, como Wayne Wang, desarrollan allí una carrera vacilante que oscila entre estupendas pequeñas películas (Chang is missing, Smoke, Blue in the face) y sosas películas de gran presupuesto (El club de la buena estrella, Sucedió en Manhattan)? Tal vez porque se trataba de personalidades distintas, pero sobre todo porque se trataba de tiempos distintos. Tiempos mejores, aunque quede mal decirlo y suene a ñoña nostalgia cinéfila, porque los estudios creaban marcos restrictivos pero también estables para el desarrollo del talento; y porque el gran público -aún no estragado por la televisión, la carencia de lecturas, los videojuegos y el cataclismo educativo- era más receptivo a las propuestas inteligentes y rigurosas de estos grandes maestros. En el caso de Wang debe tratarse de una combinación de los dos factores que convergen en su dificultad para ser él mismo en las películas de gran formato.

Afortunadamente para él y para nosotros Mil años de oración es una delicada y pequeña gran película toda basada en un exquisito juego de matices emocionales. Tres abismos -el cultural y político que separa China de Estados Unidos, el que separa a un anciano padre de su hija y el que separa a los amantes que dejan de amarse- se superponen obligando continuamente a los protagonistas a tender frágiles puentes de comunicación entre ellos. Puentes que, como los colgantes de las películas de aventuras, cualquier palabra que no debía decirse, cualquier intrusión en una privacidad que se salvaguarda con la fiereza con que lo hacen las personas heridas, o cualquier gesto de cariño que sea mal interpretado pueden cortar precipitando la relación en el abismo o, en el mejor de los casos, volviendo a dejar a los protagonistas a ambos lados del precipicio.

Con extremado pudor, Wang explora los universos emocionales de estos y otros personajes, tan perdidos como ellos, con ese tono delicado, detallista e intimista al que la solidaridad humana y el suave sentido del humor salvan de la acritud. "Sentía la necesidad de volver a una forma de hacer cine más independiente, de volver a la magia de lo pequeño y de tratar un tema chino", ha dicho Wang a propósito de esta película. Ha conseguido las tres cosas. Es independiente, no sólo de las estructuras actuales de la producción comercial, sino de algo más importante, las restricciones estilísticas e intelectuales que pesan también sobre el cine de autor actual: posee una serenidad, una densidad humana, una amarga dulzura, una contenida emoción y una pasión por el análisis de la comunicación real -que es siempre la interpersonal- por completo ajena a las modas del cine independiente de hoy. La magia de lo pequeño, que es lo más grande cuando se refiere al despliegue de los sentimientos humanos en la cotidianidad, la impregna gracias a su guión y la galería de personajes que retrata con maestría, a sus espléndidos intérpretes (especialmente el magnífico Henry O, personaje central de la película), a su pausado ritmo narrativo y de montaje, a la delicada fotografía de Patrick Lindenmaier. En cuanto a lo del tema chino u oriental, las referencias culturales, políticas y lingüísticas son la base de una historia que Wang y su guionista Yiyun Li han construido, según confesión propia, como homenaje al maestro japonés Yasujiro Ozu, el mayor poeta de los conflictos familiares y la cotidianidad de la historia del cine.

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