Ver bailar como quien mira el fuego

  • Rachid Ouramdane vuelve al Teatro Central con 'Tenir le temps', una obra sobre la tensión del individuo ante la vorágine de la sociedad

Dice Rachid Ouramdane que al cabo de los años, con la perspectiva que sólo el tiempo puede aportar, ha llegado a comprender que si en sus trabajos se ha ocupado siempre de asuntos graves, pero tratados con ternura, es porque entiende la danza como una forma de curación, o al menos de ayudar a entender que el mundo puede ser un lugar más amable. "Pero sin ingenuidad. Sin ser naif, lo que me gustaría es que mi trabajo fuera capaz de mostrar todo aquello que podemos hacer mejor estando juntos. He tratados temas muy duros, en general historias sobre personas que se han sentido agredidas por la Historia, pero no por mostrarlo sin más, sino para contar cómo la gente, pese a todo, se reconstruye. Ha sido mi manera de rechazar la idea de que todo lo que hay de malo en el ser humano es una fatalidad que no hay más remedio que aceptar".

Quienes están familiarizados con la obra de este bailarín y coreógrafo, y en el Central han tenido desde 2005 no pocas ocasiones de conocerla, recuerdan aún con emoción su anterior pieza, Tordre, presentada en Sevilla hace dos años. En aquel "poema bailado", como lo califica el responsable artístico del teatro, Manuel Llanes, el francés basó su coreografía precisamente en las "supuestas limitaciones" de las dos bailarinas protagonistas (a una le faltaba parte de un brazo; la otra, debido a su autismo, tenía una tendencia irreprimible a girar sobre sí misma) para demostrar que "sólo asumiendo la fragilidad propia podemos aceptarnos a nosotros mismos". "Siempre me ha interesado la cuestión de cómo las personas negocian su individualidad ante la sociedad. Y de ese modo llegué a este trabajo", explica Ouramdane, siempre sereno, preciso y pensativo, a propósito de Tenir le temps, la obra con la que regresa este fin de semana, hoy y mañana, al teatro de la Cartuja.

Aunque no en el fondo, la pieza presenta diferencias significativas en lo formal con respecto a las anteriores del artista. Para empezar, cuenta con muchos más bailarines, 16, y el aspecto narrativo, autobiográfico y directo de muchas de sus obras -que solían incluir textos y testimonios de los propios intérpretes- adquieren ahora un grado mayor de abstracción. También hay más baile, pues uno de sus propósitos era transmitir "un sentimiento de urgencia" que se manifiesta sobre el escenario en un movimiento continuo. "Quería reflexionar sobre cómo cada individuo puede ser sostenido por el grupo, pero también machacado. En la coreografía hay movimientos que un intérprete no podría hacer solo, y también momentos en los que por la misma existencia del grupo, es derribado". Ouramdane plantea así una suerte de "reacción en cadena", un "efecto de dominó" sin fin, por lo que "cada gesto de cada intérprete está avalado por la secuencia siguiente", y además a "velocidad de locura", de modo que el resultado es una coreografía siempre cambiante, "como cuando se mira el fuego", en el que no hay "una forma neta".

"Hay muchos momentos en los que el espectador se perderá cosas, por lo que pueden resultar en cierto modo frustrantes algunos instantes, pero también de este modo el carácter efímero de la danza, que aquí se redobla, hace más excitantes los momentos que cada espectador perciba", dice el francés, que siempre cuida con mimo la música de sus espectáculos. La de éste, de nuevo, corre a cargo de Jean-Baptiste Julien, colaborador habitual. "Se apoya en la tradición de la música repetitiva. Hay pasajes en los que parece desembocar en el caos, pero de repente ya ha regresado a la armonía. Yo quería que la experiencia del oído fuera la misma que la de la mirada. O se construye algo bello, o se construye algo trágico...".

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