Vicente Aleixandre contra el olvido

  • En su ciudad natal apenas hay huellas del Premio Nobel, al que reinvidican el nuevo libro de Fernando Delgado 'Mirador de Velintonia' y el grupo Maga con su canción 'La casa en el número 3'

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En su casa madrileña del número 3 de la entonces calle Velintonia, más tarde rebautizada con su nombre, el poeta sevillano Vicente Aleixandre escribió durante más de 50 años la mayor parte de su obra y conservó ejemplares y primeras ediciones de los libros más valiosos de sus compañeros de la Generación del 27. El edificio, un chalet con jardín puesto en venta por 4.700.000 euros, está desde hace años en estado ruinoso pero conserva los suelos hidráulicos, un lavabo y algunas bombillas de 125 watios. Hasta Velintonia se desplazó recientemente el grupo sevillano Maga para homenajear al escritor que hace 40 años -el 6 de octubre de 1977- se convirtió en el único andaluz tras Juan Ramón Jiménez en lograr el Nobel de Literatura. Entre sus muros grabó el vídeo de un embriagador tema, La casa en el número 3, incluido en su último disco Salto horizontal. "En la casa del poeta, donde ya no vive nadie, se demora la luz del amanecer...", canta Maga.

Este homenaje acústico de la banda que integran Miguel Rivera, David García y Javier Vega ha iluminado una efeméride poco mimada en su ciudad natal, donde apenas quedan huellas físicas de un poeta cuya figura e importancia en la literatura de posguerra abordará hoy a las 19:30 una mesa redonda moderada por Pedro Luis Ibáñez Lérida en la Biblioteca Infanta Elena que servirá de anticipo, según el Centro Andaluz de las Letras, del Congreso que Málaga le brindará del 11 al 15 de diciembre.

Su conducta cívica fue tan ejemplar como su obra, que refleja siempre su carácter andaluz"

Vicente Aleixandre nació el 26 de abril de 1898 en una céntrica mansión sevillana reconstruida en 1903 al estilo francés y que hoy es sede del Banco Santander, el palacio Yanduri. Una placa en este edificio junto a la Puerta de Jerez recuerda el natalicio del único miembro de la Generación del 27, además de su paisano Cernuda, que no salió en la célebre foto de familia tomada en el Ateneo. Su vínculo con la capital alcanza también a la revista sevillana Mediodía, en cuyo número VIII Aleixandre publicó en 1927 Noche: órbita política, un texto al que antecedía el poema Giralda de Gerardo Diego. En el número siguiente, en enero de 1928, estrenaría en las páginas de esta revista su poema Noche: posesión. Escribió esos textos mientras se recuperaba en Madrid de una grave enfermedad y, gracias a ellos, creció su amistad con los otros componentes de su generación, como García Lorca, que tantas veladas tocaría el piano en el salón de Velintonia. Miguel Hernández, al que tanto quería, consciente de su grave salud, le llevaba hasta el lecho unas naranjas prohibitivas en los años de la guerra. La muerte de los dos fue una herida siempre sangrante para Aleixandre.

Cuando tenía dos años su padre, el ingeniero Carlos Aleixandre, fue trasladado a Málaga, la ciudad donde el escritor creció y encontró sólidas amistades como los poetas de la revista Litoral y, más tarde, los del grupo cordobés Cántico, principalmente Pablo García Baena, que se había refugiado en la Costa del Sol.

Aleixandre llegó en 1927 al número 3 de la calle Velintonia. Allí vivió hasta su muerte y tejió una tupida red de afectos que resultó esencial para el devenir de la literatura española. En torno al papel de esa casa y de su morador gira el nuevo libro de Fernando Delgado, Mirador de Velintonia, que ha editado la Fundación José Manuel Lara y, en su aparente sencillez, es un esclarecedor tributo que ensancha la figura de Aleixandre.

"Nunca perdimos ni perderemos a España del todo mientras viva Vicente Aleixandre en Velintonia", afirmó Max Aub sobre ese hogar que acogió tanto a los autores del llamado exilio interior como a los miembros de la España peregrina que se fueron reintegrando en la vida española a lo largo de los 70. Todos ellos, los más célebres y otros menos conocidos como Gil-Albert, Marichal o Pérez Minik, transitan por estas páginas.

"Aleixandre fue la figura del exilio más destacada entre los que se quedaron y estas páginas se nutren de la amistad que compartimos y de su permanente relación fraterna con los otros exiliados", precisa Delgado, quien lleva también al lector a otros interiores decisivos para la vida literaria de aquellos años, como las casas de José Hierro y Caballero Bonald, o los bares Oliver y Bocaccio que frecuentaban Carlos Bousoño, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, Vicente Molina Foix y tantos amigos de quien, por su mala salud y su carácter reservado, apenas salía de casa salvo para sus dos citas semanales: los martes al cine y los jueves a la Real Academia, donde ingresó en 1949.

Mirador de Velintonia no pretende ser un libro de memorias pero sí es, en cambio, la descripción magistral de un espacio y un tiempo en los años que van del final del franquismo a los inicios de la democracia. "Antes de la Movida ya había un Madrid muy iconoclasta y gente con la que mereció la pena vivir y disfrutar", defiende Delgado. La transgresión como forma de rebeldía, que diría Caballero Bonald de unos años de interiores nocturnos en que vivir al margen de las convenciones no era sino un modo de luchar contra la dictadura.

"Aleixandre era bastante discreto pero una serie de jóvenes escritores, entre los que me cuento, llegamos a compartir mucha intimidad con él. Conocíamos su vida interior, oculta para prácticamente todo el mundo", prosigue Delgado, a quien "nunca" se le hubiera ocurrido escribir una biografía "de quien fue siempre un hombre muy prudente en sus temas íntimos, especialmente la homosexualidad, ya que incluso durante la Transición había muchos prejuicios".

Delgado llegó a Madrid en los años 70 para arrancar una carrera de periodista que le llevó a ser director de Radio Nacional de España. Soñaba con la casa de Aleixandre desde el día en que Pablo Neruda, haciendo escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, confesó que mientras viviera Franco nunca pisaría Madrid pero que, si lo hiciera, sería sólo para comer marisco y visitar Velintonia. Con ese recuerdo arranca el libro, que concluye con la entrevista que le hizo para El País tras el Nobel, que Aleixandre no pudo recoger porque padecía entonces un herpes gravísimo que le impedía salir de su casa, adonde los Reyes se desplazaron para felicitarle. "Su conducta cívica fue tan ejemplar como su obra", añade quien se hace eco de algunos exilios especialmente dolorosos, como el de Pedro Salinas, y rinde tributo a Max Aub, "el más grande escritor del exilio, el más político y el más versátil, injustamente tratado".

Delgado cree que "Aleixandre era una persona profundamente andaluza y eso queda reflejado en su poesía". Entre los autores de su región que transitan por el marco cronológico del libro no faltan Rafael Alberti en su exilio de Roma ni el sevillano Alfonso Grosso, al que se evoca como "un gran narrador que en varias novelas, como Florido Mayo, fue realmente extraordinario".

Consideraba Aleixandre que el Nobel de Literatura suponía una oportunidad para la difusión de su obra tanto como un reconocimiento a la de sus amigos del 27. "Es indiscutible -confiesa Delgado- que la dramática muerte de García Lorca contribuyó al reconocimiento universal que merecía pero está bien que se reivindique a todas estas figuras no por motivos políticos sino por el valor incontestable de su obra. Lo que no veo tan claro es la necesidad de recuperar sus casas, ni Velintonia, como pretende el Ayuntamiento de Madrid, ni siquiera la de Cernuda. Cuando los autores desaparecen se va también para siempre la atmósfera que crearon en torno a ellos".

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