Crítica de Flamenco

Yacimiento excepcional

Molina se divirtió, nos divirtió. Caída del cielo no está basada en una obra de Cyrano de Bergerac aunque representa un culto a la diosa blanca. Es un espectáculo vibrante, directo, honesto, carnal. Al principio, con la bata de cola, fue un espacio en blanco, un vacío fértil sobre el que proyectar nuestros sueños, nuestros deseos. Caída del cielo es también un dejar arriba, atrás, de lado, mucha de esa jerga pseudointelectual, mucha paja mental que acosa en los últimos tiempos al flamenco.

Había que pasar por allí para que surgiera esto. Caída del cielo es una obra apegada a la tierra, arte recién surgido de entre las piedras. Con un trabajo físico enorme, como siempre tratándose de Molina. También, en este caso, en relación al suelo: con la bailaora tumbada. Jugando con la gravedad resultó un espectáculo divertidísimo, con guiños hilarantes a sus obsesiones personales, como la comida compulsiva. Y con guiños al pasado, a la tradición coreográfica, musical y literaria de lo jondo, desde las torerías decimonónicas de La Cuenca a Pastora Imperio. Desde el Cojo de Málaga a Marchena, pasando por Vallejo y El Piyayo. Y al flamenco eléctrico: Morente, Camarón y la rumba urbana con la que, consecuentemente, se cierra la obra cubierta de flores. Molina se divierte como una niña traviesa. También reflexiona hasta la lágrima en el trémolo de Trassierra. Se asoma al vacío, al silencio, a la nada, para que surja la vida. El pasado no tiene una función museística sino que Molina busca revivir la emoción que surgió cuando brotó el garrotín o la soleá. Porque la vida mancha, qué duda cabe.

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