carmen machi. actriz

"Me aburre repetirme. Siempre busco personajes que no he hecho antes"

  • La intérprete trae a Sevilla este fin de semana 'La autora de Las Meninas', de Ernesto Caballero, donde encarna a una monja copista, y estrena el viernes en los cines 'El bar', de Álex de la Iglesia.

Carmen Machi, caracterizada como su personaje en 'La autora de Las Meninas'. Carmen Machi, caracterizada como su personaje en 'La autora de Las Meninas'.

Carmen Machi, caracterizada como su personaje en 'La autora de Las Meninas'. / david ruano

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El premio de la Unión de Actores logrado la semana pasada por la película La puerta abierta ha sido la última distinción que ha conquistado Carmen Machi (Madrid, 1963), una intérprete de extraordinaria versatilidad que más allá de todos los galardones conseguidos -el Max, el Goya, el Ercilla- ha alcanzado el mayor reconocimiento al que puede aspirar una actriz: la fidelidad de los mejores directores y dramaturgos y la admiración del público. Tras algunos hitos del teatro reciente como La tortuga de Darwin, Agosto (Condado de Osage), Juicio a una zorra o Los Mácbez, Machi anda embarcada ahora en un nuevo proyecto, La autora de Las Meninas, un texto que escribe y dirige Ernesto Caballero y que la madrileña defiende este fin de semana en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega.

-La obra reflexiona, desde la distopía, sobre el peso que ha perdido la cultura en la sociedad.

-Una función se escribe, se ensaya, y cuando la llevas a escena empiezas a descubrirla. Y La autora de Las Meninas tiene muchísimas capas. Yo me he topado estos días, porque no llevamos más de un mes de representaciones, con que la obra es más divertida de lo que esperaba. El texto es soberbio, pero conecta con el público de tal manera que me tiene sorprendida. Posee la habilidad de plantear un debate en el momento justo: igual si se hubiese estrenado años antes, cuando no había tanto revuelo político y social, no habría funcionado tan bien. Hoy los espectadores entienden a la perfección el sarcasmo, la ironía. Es una comedia distópica ambientada en la España de 2037, en un futuro cercano. Hay nuevo Gobierno, una crisis inmensa en el país, y se ofrecen, no digo quién, a comprar Las Meninas. Esa es la premisa de la que parte el texto. Y propone un dilema increíble, porque la gente no tiene para comer y, si vendiendo una pintura emblemática eso puede solucionarse, ¿qué hacemos? De fondo, hay otro debate: qué ocurre cuando se pisotea la cultura, se desprecia ese patrimonio.

-Entre otros asuntos, la obra ahonda en los peligros de la vanidad, en el endiosamiento al que puede llegar el artista.

-Mi personaje es una monja copista a la que le encargan pintar Las Meninas. Esa mujer pasa de hacer reproducciones exactas a que le den la oportunidad de firmar una obra, de ser una creadora. Y ahí entran el ego, el miedo a ser reconocida... Al ser humano, cuando ejerce como artista, se le puede disparar la vanidad, tiene que gestionar bien la atención que le dedican.

-En La autora de Las Meninas se reencuentra con Ernesto Caballero, con el que hizo anteriormente Auto y La tortuga de Darwin.

-Sí. Y volver a coincidir profesionalmente con él, algo que no sucedía desde La tortuga... [que escribió Juan Mayorga pero dirigió Caballero] ha sido fantástico. Ernesto me escribió el texto, me lo envió... y una vez más flipé. ¡Y es tan buen director! Con este personaje no sabíamos dónde podíamos llegar. Cuando leí La tortuga de Darwin, yo pensaba en una señora que estaba sentada y hablaba, pero eso es porque yo no tengo cabeza de directora. Fue una barbaridad hasta dónde lo llevó Ernesto. Como me conoce, y como si me dice que me tire por un puente yo me tiro, pudimos ir más allá. Aquí ocurre algo parecido. Esta mujer es un regalazo. Hemos ido jugando con ella a nivel creativo y, francamente, hemos llegado a un lugar impresionante.

-Su personaje pierde el juicio. La locura, algo tan doloroso en la vida real, siempre es un material muy jugoso para los actores.

-Sí, totalmente. De hecho, a todos los intérpretes nos encantan los personajes a los que les ocurren cosas que no nos gustaría que nos ocurrieran a nosotros, como personas. Al actor le entusiasma ponerse en situaciones impredecibles. La locura de este personaje es una locura maravillosa.

-Ha pasado de encarnar a una prostituta en la película La puerta abierta a vestir hábitos de monja en esta obra. Usted puede serlo todo, desde Helena de Troya hasta una tortuga. ¿Esa variedad de registros ha sido una estrategia consciente en su trayectoria?

-Lo que sucede es que los que he tenido son personajes tan bien escritos que te permiten enfrentarte a esos desafíos. A mí de entrada me atrae mucho más hacer personajes que nunca he hecho. Repetir un rol similar me aburre, yo busco que la profesión me sorprenda. Me resulta más fácil si me enfrento a situaciones diferentes. Por eso tengo una tendencia a hacer proyectos que no se parezcan en nada. Soy afortunada: varios de esos personajes estaban escritos para mí, por gente que me conocía y me hacía el traje.

-Caballero, Miguel del Arco, Andrés Lima, Lluís Pasqual, José Luis Gómez... Autores y directores de la primera división del teatro español recurren a usted. ¿Cómo se gestiona ser una actriz tan solicitada?

-La vida va pasando, y vas creciendo, y yo no he dejado de dedicarme a lo que me dedico. He tenido la suerte de trabajar con directores a los que admiraba: maestros como Lluís Pasqual o José Luis Gómez, pero otros profesionales más de mi generación, pero de muchísimo talento, como Andrés Lima, Ernesto, Miguel... Ellos forman parte de mi pandi, de mi vida, de mis amigos. Tenemos la misma mirada hacia el teatro, las mismas inquietudes, y vamos cogidos de la mano. Muy mal tendría que hacerlo para que no contaran conmigo [ríe]. Ya en serio, me gusta trabajar con directores valientes, y los que ha mencionado lo son; gente que cada día me enseña algo porque es más lista, más sabia que yo. Ahora que lo ha repasado, me emociona esa lista de gente tan buena con la que he colaborado.

-Hablemos ahora de cine. Esta semana estrena El bar, con la que regresa al universo de Álex de la Iglesia y que inauguró el otro día el Festival de Málaga.

-Álex te deja agotada hasta la extenuación, pero, sinceramente, yo pagaría por verle rodar. Es excesivo, ama el cine por encima de todo, y ha nacido para hacer películas. La localización era un sitio cerrado, un espacio muy pequeño, casi un escenario, pero nos movió de tal manera, y el montaje es tan bueno, que parece que hay 80 cámaras y sólo había dos. Hace planos desde todos los puntos de vista. Lo digo robándole palabras suyas que le he oído en otras ocasiones: él se ha dado cuenta de la importancia de los actores con el tiempo. Al principio, en su trabajo primaba más lo técnico y el actor estaba por debajo. Ahora digamos que ha sacado al actor al primer plano. Estoy muy orgullosa de El bar, como de Pieles, de Eduardo Casanova, en la que también participo [la película se vio en el Festival de Berlín]. No paro. El otro día estuve en Málaga presentando El bar, y el fin de semana en Tudela con La autora de Las Meninas. Entre un proyecto y otro me tienen muy cansada, pero muy feliz [ríe].

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