Del arte y los artistas

  • Guillermo Paneque medita en el CAAC sobre cómo se modela la vida de un creador y qué depara esta práctica

El arte conceptual es una prolongada meditación sobre al arte. En otros tiempos, tal reflexión no era necesaria. Vasari, al final de su monumental Vidas de los más excelentes arquitectos, escultores y pintores italianos, dice que si un joven quiere ser artista sólo ha de poner sus ojos en la obra de Miguel Ángel y actuar en consecuencia. Fueron pues años de preceptos y normas: si era clara la noción de arte, bastaba sólo no perder la senda definida.

Este modo de pensar se debilitó a causa de sus más férreos defensores: el celo y la vigilancia de las academias conservó una noción de arte que fue marchitándose al desdeñar las variadas ideas que proliferaban más allá de sus muros. Los románticos sí las tuvieron en cuenta: renovaron el arte y redimieron a artistas despreciados: Shakespeare, Rembrandt o Calderón. La época moderna fue aún más lejos, al reconocer la libertad del autor para llevar al arte cualquier asunto, siempre que lo tratara poéticamente. Así, las andanzas de un joven provinciano que dilapida su renta en París o la fatiga de la camarera de un cabaret se hacen criaturas del arte en las páginas de Flaubert o el lienzo de Manet.

La época moderna generó sin embargo rivalidades y exclusiones: aparecían movimientos artísticos que se reclamaban del arte auténtico y lo negaban a quien pensara de otro modo. En los años 60 del siglo XX se apagan tales rencillas: el arte puede hacerse de muchas maneras, siempre que aliente en él un pensamiento. De ahí que el arte insista en pensarse a sí mismo. Esto hace el arte conceptual y esto hace Guillermo Paneque (Sevilla, 1963) en esta muestra.

De un lado, Paneque aísla y propone diversos aspectos del arte: un texto convertido en cartel señala que hay formas que entran en la sensibilidad y la fantasía del artista, se integran en su afecto y su inteligencia, y lo acompañan adonde quiera que vaya porque forman parte de su vida. Una sucesión de fotografías y el fragmento de un antiguo mueble simbolizan la gratuidad de esas formas: el artista, más que buscarlas, las encuentra (El objeto que llegó sin esperarlo). Un fragmento de la pared de un museo, bajo el título de Para un solo espectador, sugiere la obra singular, el hallazgo inesperado en el museo. Finalmente, la reproducción en madera de unos automóviles antiguos, una pieza con indudable potencia visual, parece apuntar a ese resto de arcaísmo que frecuentemente alumbra en el arte: recuerdo arcaico porque desentierra la infancia y también porque transfigura el pasado en leyenda.

En una segunda parte, la exposición reflexiona sobre la identidad del artista. Reivindica para ello la figura de D. Miguel Pérez Aguilera. Nacido en Granada en 1915, hizo su primer aprendizaje en la Escuela de Arte y Oficios de su ciudad y hubo de esperar al final de la Guerra Civil para cursar estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando (Madrid). Apenas acabada la carrera ganó con un excepcional ejercicio la cátedra de dibujo del natural de la recién creada Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla. Aquí, tras una breve estancia en París, becado por el Ministerio de Asuntos Exteriores francés, se consagró plenamente a la docencia. De ella se beneficiaron sucesivas generaciones de artistas: Santiago del Campo, Carmen Laffón, Teresa Duclós, Curro González o Ricardo Cadenas fueron alumnos suyos, a los que se añadieron quienes, como Luis Gordillo o Joaquín Sáenz, asistieron a sus clases como libreoyentes. Más allá de las aulas, Pérez Aguilera transmitió a sus alumnos la pasión por el arte: evitar lo meramente correcto y buscar nuevas posibilidades.

Él mismo cumplió con ese afán al ir derivando poco a poco desde una pintura donde dominaba el tema, la representación, a otra, abstracta, centrada en la construcción formal, la luz y el color. Paneque reconstruye el mundo de D. Miguel: enfrenta sus primeros cuadros abstractos con los que trabajaba en vísperas de su fallecimiento y presenta una selección de su obra. Expone además algunos dibujos -que saben a poco puesto que era un excepcional dibujante-, fotos y objetos personales que dicen más de sus aficiones que de su magisterio que fue tan enriquecedor para esta ciudad. En cualquier caso, es la rememoración de una vida de artista propuesta desde la obra y desde los elementos en los que poco a poco había fraguado su mundo. Un vídeo hecho con ocasión de esta exposición añade a la evocación de la figura de Pérez Aguilera el contraste con las inquietudes y experiencias de la generación del propio Paneque: Rafael Agredano con palabras y actitudes señala, en acertado contrapunto, qué significa hoy eso de ser artista. Así se completa esta larga meditación sobre qué puede deparar el arte y cómo se va modelando una vida de artista.

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