Un artista de amplio espectro

Fernand Léger fue ante todo un espíritu inquieto. Antes de cumplir los veinte años, marcha a París, trabaja como delineante en un estudio de arquitectura, asiste a la academia Julian (el acceso a la Escuela de Bellas Artes estaba prácticamente vetado) y se convierte en asiduo del Louvre. Admira, como todos los jóvenes artistas de la época, a Cézanne pero, al igual que Picabia y Duchamp, también le fascina la técnica y en particular la máquina. Con Duchamp coincidiría en el grupo de pintores cubistas de Puteaux, un municipio cercano a París, hoy englobado por la ciudad, próximo a La Défense. En aquellas reuniones -que no frecuentaban Picasso ni Braque, ya consagrados- se discutía de muchas cosas. A Léger le preocupaban sobre todo el alcance de la representación pictórica y las posibilidades del arte para educar y para mejorar la vida.

Las tres ideas pueden rastrearse en la obras de esta muestra. Las piezas más importantes desde el punto de vista artístico son indudablemente los dos dibujos. Dos pequeñas joyas que sirven, además, para dar cuenta de la idea que tenía Léger de la representación pictórica: La mujer del jarrón evita la réplica literal de un cuerpo pero garantiza, con los medios de la pintura (la línea, la forma, el color) la presencia resuelta del cuerpo. La composición mecánica, por su parte, indaga la tierra de nadie que media entre la técnica y el arte.

El potencial educativo del arte lo desarrolla Léger especialmente en sus talleres. Las obras más abundantes en la muestra, tapices, cerámicas y relieves, son índices de esta actividad del artista. Llama particularmente la atención el tapiz Los tres músicos que se aparta notoriamente del cuadro que le sirve de punto de partida: se ha renunciado al color y en contrapartida el tapiz realiza una excelente construcción mediante tonos de luz.

Léger, después de pasar por la Academia Julian, logró ingresar en la Escuela Superior de Artes Decorativas. Fuera por esta formación o tal vez por sus convicciones de izquierdas, lo cierto es que se interesó por la incorporación del arte a los espacios públicos, especialmente a los arquitectónicos. Trabajó con Le Corbusier, fue amigo de los muralistas mexicanos y en los últimos años de su vida realizó proyectos como los vitrales del hall de la sede de la ONU o los de la Universidad Central de Venezuela.

Muchas de sus obras están teñidas por la alegría de vivir. Era un izquierdista que reclamaba antes la utopía del ocio que la disciplina del trabajo. Si en Los constructores reivindica el protagonismo social de los obreros, en Las vacaciones, La gran parada o La excursión campestre insiste sobre todo en el valor del tiempo libre.

La instalación de la muestra saca el mejor partido a la sala y permite ver con sosiego esta exposición, indudablemente menor pero interesante. Si algo se separa de la corrección general son los textos de Léger fijados en el muro. No se entiende bien que se haya recurrido a una versión inglesa de unos textos escritos originalmente en francés y menos aún que la traducción castellana sea incorrecta y modifique literalmente alguna frase. Hay una buena edición castellana de los textos de Léger (que incluye los dos que se citan en la muestra) que, además, tiene una introducción a cargo de un sevillano tan ilustre como José María Moreno Galván, ¿por qué no se ha recurrido a ella?

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