El artista como investigador

  • Gerardo Delgado presenta unas piezas prometedoras por los matices cromáticos y sus atrevidos contrastes

En el pasado, en la pintura tradicional, el oficio del pintor se cumplía sobre todo con la fiel observancia de normas nacidas primero del taller y después de la academia. Más tarde, en la modernidad, al exigirse a la pintura sobre todo densidad poética, hay quienes, como Picasso o Magritte, conocen ampliamente aquellos recursos y los dominan -aunque someten su uso a las exigencias de cada obra-, pero no faltan autores cuya limitación técnica ha de compensarse con la sugerencia de los mundos que ofrecen. En esta última nómina se inscriben Delvaux o Masson, Hopper o los prerrafaélicos. En la pintura contemporánea, la que se hace desde la segunda mitad del siglo pasado, las cosas cambian: es imprescindible conocer y dominar los recursos y técnicas tradicionales. En la medida en que la pintura se hace más pura y queda reducida a sus medios -color, línea, veladura, formato, modo de disponer el pigmento en el soporte, etc.- es indispensable conocer y asimilar las posibilidades más diversas del lenguaje pictórico. Sólo este dominio garantizará la libertad y densidad del trabajo del autor.

Esta familiaridad con las posibilidades de la tradición pictórica se advierte en las obras de Gerardo Delgado (Olivares, Sevilla, 1942) expuestas ahora en Madrid. Así se ve en una de las piezas que marcan el inicio del período temporal que abarca la muestra, Ruta de San Mateo, XIV (2009): el matizado color, que hace pensar en el brillo del crepúsculo, la armonía entre la exactitud de la línea y la agitación de la pintura, las formas que en ocasiones sobresalen suavemente del fondo y parecen flotar en la superficie del cuadro, y el propio formato, que otorga rango arquitectónico a la obra -porque altera el muro y el recinto que la contiene- son otros tantos índices de un oficio que cabría llamar esencial porque, valiéndose de elementos pictóricos básicos (aunque ciertamente numerosos y aplicados de modo muy personal), hace cruzar al espectador el umbral de la poesía.

La serie Rutas remite a otro problema de interés: el modo en que se modifica en la pintura contemporánea la idea de experimentación artística. En los inicios de la pintura moderna, el experimento en arte consistía sobre todo en aplicar procedimientos tradicionales de manera novedosa: así, los expresionistas alemanes emplean el color y la línea para quebrar los cuerpos y enfatizar su presencia. Tal experimentación buscaba manifestar la subjetividad del autor. Pero después las cosas cambian: el cubismo comienza a incorporar al cuadro elementos ajenos al arte, como el collage, y parece atender más a las exigencias de la obra que a las de la propia interioridad del autor. Desde ese momento, el experimento es sobre todo tentativa: es una prueba cuya validez sólo puede conformar la propia obra. De este modo las obras se van trasformando a través de la reflexión más que de la expresión. El cuadro en este caso se convierte sobre todo en banco de pruebas: genera nuevas posibilidades que van surgiendo de la idea inicial.

Así ocurre en las Rutas: iniciadas como proyecto constructivo, las posibilidades espaciales que estimula terminan conectando con el patetismo de La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach. Algo similar pasa con otro proyecto de Gerardo Delgado, las Dunas urbanas. Derivada al principio de los inesperados ritmos que algunas obras públicas siembran en la ciudad, la oposición de curvas y rectángulos se convierte, mediante la pintura, en integración no exenta de valores musicales. La misma serie parece además impulsar otra, La hora de la siesta, presente también en la muestra. En ella, los ritmos se suavizan, al reducirse las curvas a leves deformaciones en la base de los sucesivos rectángulos, mientras la pintura, que adquiere mayor protagonismo, presta convincente unidad a las piezas.

Esta forma de trabajar la pintura acerca la figura del autor a la del investigador. Disponiendo de un lenguaje de amplia gama, no lo vuelca en formas que de antemano sabe armónicas o jerárquicas, sino en espacios fragmentados en los que coexisten elementos heterogéneos. Tal heterogenidad es típica de la cultura moderna como sugieren el ready made o aquel encuentro fortuito del paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de disección, que entusiasmó a los surrealistas. Delgado aborda un problema de ese estilo en su obra más reciente, cuyo título, Rataplán, sugiere el desconcierto del redoble del tambor. Son piezas prometedoras por las sorprendentes matizaciones del color y el contraste, atrevido. Pero apenas tiene sentido señalar estos valores: al ser el inicio de una nueva investigación, es necesario esperar porque sus hallazgos a buen seguro nos sorprenderán más en el futuro.

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