Crítica de Música

Cuando los astros se alinean

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Raras veces se unen las condiciones ideales para que un concierto resulte redondo, y ayer se dieron todas en esta sesión doble de sonatas de Bach: una música de primerísimo nivel, aunque tenga menos prensa que las típicas obras de isla desierta de Bach; unos excelentes músicos, con las obras bien trabajadas y ante buenos instrumentos (excelente el clave Klinkhamer); y una sala de acústica idónea ocupada por un público respetuoso.

No faltaban riesgos, porque el desnudo sonido, casi nunca vibrado, de Mercero y la claridad de Sebastián dotaron a la música de una gran transparencia, y además los movimientos rápidos de estas sonatas están llenos de trampas en las que una mínima duda rítmica provoca estrepitosos accidentes. Nada de eso importó, porque Mercero los tocó con una apabullante seguridad y Sebastián gobernó el compás con mano de hierro en guante de seda -a veces más bien con ametralladora de notas en la mano izquierda-, divirtiéndose con los juegos de acentos bachianos.

Si un mínimo pero puede ponerse fue una leve rigidez en los tiempos lentos de la primera sesión, faltos de pellizco -que diría un flamenco-; pero la flexibilidad dinámica y rítmica apareció en ellos en el segundo pase, y con ella el duende: fueron inolvidables el conmovedor inicio de la BWV 1014 y la ternura del primer movimiento de la BWV 1018, en la que Bach y Mercero obtuvieron bellísimos colores del registro grave del violín en la oscura tonalidad de fa menor. Un concierto, en suma, que tardaremos en olvidar.

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