El atrevimiento de ser elemental

  • Rubén Guerrero muestra en la galería Rafael Ortiz sus últimos trabajos, indagaciones en torno al ritmo y el color

En la galería, en la sala que se abre a la derecha, hay en la pared de la izquierda un gran cuadro. A primera vista, blanco y rojo: una suerte de puerta desplegable, persiana horizontal o valla blanca, con grandes rombos rojos que se extienden de arriba abajo. La mirada curiosa advierte a la izquierda un paisaje, apenas entrevisto. No se quede en ese detalle, guárdelo en la memoria y regrese a la puerta. Recorra ese aparente obstáculo que parece impedir la visión. Observará entonces que el blanco no lo es tanto porque está lleno, a la izquierda, de ecos verdes y rosas, y a la derecha, azules. Demórese en el color, en los rojos, que en ese momento ya ofrecen a la mirada cualidades diversas. Probablemente, para entonces advierta otro elemento definitorio del cuadro: el ritmo. Eso que al principio reconocíamos como puerta se ha transformado en una superficie llena de color y ritmo, esto es, en pintura.

Me he centrado en ese cuadro de título enigmático, Corrección en rojo, pero podría haberlo hecho en cualquiera de los que componen la muestra para rastrear cómo entiende la pintura Rubén Guerrero (Sevilla, 1976).

Para empezar, es una pintura que no se contenta con el reconocimiento. Muchos espectadores, ante una obra, se limitan a reconocer, sea la figura o la historia, el género o la época, el autor o el movimiento al que pertenece. No es una mirada fecunda. Guerrero lo sugiere con ironía en un lienzo colgado inmediatamente a la izquierda de la entrada de la galería. Es, parece, una superficie amarilla, pero el ojo pronto descubre líneas de fuga que forman un hueco en profundidad. Una mano, a la derecha, completa la ilusión, el trampantojo. No ganamos demasiado con ese descubrimiento pues ¿qué hay dentro de la falsa caja? Nada o tal vez mucho: un amarillo que va perdiendo su brillo inicial y se va convirtiendo en oliva cada vez más oscuro; junto al color, líneas reflejadas que diseñan ritmos desiguales.

Lo dicho hasta ahora señala dos notas básicas de esta pintura, el ritmo y el color. El ritmo es decisivo en cualquier forma de arte: evidente en la música, la danza o la poesía, es también fundamental en la novela. Somos menos conscientes de él en la pintura: atrapados por el vigor de las figuras, no valoramos el ritmo en cuadros como Los fusilamientos del 3 de mayo (Goya) u Olimpia (Manet), pero sin la oposición de crueldad y padecimiento, en la primera obra, y sin el gesto displicente de la muchacha en la segunda, esos cuadros serían poco más que anécdotas. El ritmo es clave porque vivimos en él. El ritmo es tiempo que vive en la forma: late en el transcurso del día, en el temor que precede a la decisión, en el amor y el desamor, en el deseo. En un pequeño cuadro al fondo de la segunda sala, la suave variedad de grises y la disposición de unos sencillos trazos más claros, casi blancos, bastan para marcar el ritmo. En este caso, el tiempo de la mirada.

Al ritmo se añade el color. A la derecha del pequeño cuadro gris, hay otro mayor, donde el amarillo cambia suavemente: arriba cargado de rojo y abajo, más frío, cerca del verde. El color ha sido con frecuencia el invitado de piedra de la pintura: asimilado a las figuras, es difícil valorar su fuerza. No le falta razón a Dewey al escribir que sólo con los venecianos los cuadros dejaron de ser dibujos coloreados. Rothko lo contradice al decir que el color, en Giotto, fue una de la claves de la prestancia de los cuerpos. Sin entrar en debates, ambos señalan la importancia del color: despierta la emoción e impulsa la fantasía. Pero esta fuerza del color coexiste con su resistencia a la racionalización. El color rechaza ser nombrado y más aún a ser auxiliar de una idea porque ante todo afecta, es decir, habla al cuerpo, nos hace conscientes de ser carne. Por eso es mejor perderse en el color, navegar por él sin prisas, dejando que salga a la superficie cuanto suele guardarse en silencio.

Guerrero se atreve a ser elemental. Trabaja con el ritmo y el color, elementos constitutivos de la pintura. Pero no los emplea gratuitamente. En su obra hay al menos dos ideas de alcance. La primera es una sostenida indagación sobre los límites de la pintura. De ahí su insistencia en el valor de superficie, la ironía del trampantojo, el empeño en mostrar y ocultar, su compromiso con lo elemental. La otra idea consiste en llamar la atención sobre qué merece la pena ver hoy. Cuando en nuestra cultura domina la retórica del gran edificio, la compulsión del monumento, la seducción de la imagen anecdótica o el afán del titular y el eslogan, Guerrero nos invita a buscar en los márgenes. Quizá por eso hay en su obra ecos de Jasper Johns: como éste, Guerrero se sitúa en tierra de nadie, en los intersticios, entre el arte y la imagen (o el objeto) convencional(es), un lugar en el que ambos se interpelan mutuamente, dejando campo abierto al pensamiento y la imaginación.

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