La belleza "excesiva" del rococó

  • Guillermo Pérez Villalta ofrece en el cuarto volumen de la colección Los Sentidos una reflexión sobre el arte actual llena de humor · Defiende la exquisitez pictórica "frente a la dictadura del vídeo y la fotocopia"

Es uno de los artistas más influyentes de las últimas décadas pero también, aunque muchos coleccionistas lo ignoren, el dueño de una de las prosas más agitadas y divertidas de la literatura andaluza. Guillermo Pérez Villalta acaba de publicar Melancólico rococó en Los Sentidos, un sello impulsado por la galería Rafael Ortiz y que dirige el crítico de arte José Yñiguez, para quien este título es "casi un manifiesto de cómo ve Guillermo el mundo del arte, la moda y nuestro modo de vida, para lo cual se vale de distintos aspectos del rococó".

El creador tarifeño tenía muy claro que "no hay nada más pesado que los ensayos engordados con mala literatura. Hay un idioma aceptado de erudición que me parece terrible, pesado y absurdo, y que consiste en pretender hacer alardes con el lenguaje en vez de defender tus pensamientos e ideas. Y yo tenía muy claro lo que quería contar en este antiensayo".

Para Pérez Villalta, Melancólico rococó consiste en un viaje estético y mental a las artes del pasado desde el presente que surge de su interés por esos momentos desprestigiados, como el manierismo, en los que eclosionan tantas ideas "que resulta difícil digerirlas".

Su interés por esta estética frívola y galante -"que era lo peor vista desde la óptica del movimiento moderno"- comenzó lentamente y desde la pintura, mediante ases sueltos como Chardin, el protagonista de una exposición en el Museo del Prado que Pérez Villalta acaba de visitar y recomienda encarecidamente. "Duchamp, que era un mito para mi generación, decía que en el XVIII no se hizo nada interesante. Pero ahora soy consciente de que mejor que en ese siglo no se ha pintado nunca. Los lienzos de Chardin son de tal regusto y exquisitez que puedes relacionarlos con Morandi. Es la pintura en su estado más refinado".

El autor defiende en su libro la necesidad de volver la mirada a unos nombres desprestigiados por las vanguardias. "A Watteau lo descubrí gracias a la psicodelia y los alucinógenos, que me sirvieron mucho para mis procesos creativos y me permitieron apreciar que tenía una intensidad especial, tenebrosa y nada placentera. Sus árboles resultan tan extraños y terribles como los de Walt Disney, otro de los grandes artistas del siglo XX".

El rococó le permite también a Pérez Villalta extenderse sobre la "falta absoluta de belleza" del mundo actual, dándole otra vuelta de tuerca a un tema sobre el que ha debatido reiteradamente. "La invención de la rocalla no se ha sabido analizar. El rococó ha creado obras increíbles, ha sido un momento parangonable al arte japonés por su sentido de lo exquisito pero fue un periodo muy corto, apenas duró 30 años y conoció un final dramático y melancólico. Porque ese mundo aristocrático que alcanzó un grado de refinamiento extremo, de belleza tan excesiva que te sacaba de tus casillas, era una pompa que tenía que estallar de un momento a otro. Y explotó para dejar paso a la máquina de vapor, al crecimiento urbano, al momento moderno que aún vivimos y que también está ahora en cuestión".

El artista piensa que nuestro presente tiene mucho en común con las crisis que finiquitaron el arte rococó. "La modernidad tenía algo optimista. Hoy el futuro se presenta de nuevo como terrible y nada esperanzador. En el campo todo está lleno de detrimentos y basurillas, por no hablar de las amenazas nucleares. Tampoco el arte te da belleza y yo quiero que me dé lo que me falta, lo que no existe en el mundo de la realidad. El camino del arte es la pura imaginación, liberar la mente y dejarla ir, pues ya estamos bastante acotados por todos lados. El arte es la endorfina que tenemos para vivir la vida, para disfrutarla y hacerla llevadera".

Tiepolo, los paisajistas del siglo XVIII con sus escenarios de fantasía, El columpio de Fragonard -"una buena pintura aunque el tema sea banal y ligeramente pornográfico"- o esa porcelana que ha terminado en los anticuarios porque parece cursi son, para Pérez Villalta, iconos de una época que merece la pena reivindicar frente a "la dictadura del vídeo, las proyecciones y las fotocopias de quienes manejan el poder del arte".

Por eso él defiende a ultranza la pintura, donde se transmiten mundos que están muy adentro, y hace suya la máxima de Chardin, quien decía: "Yo no pinto con colores, pinto con sentimientos".

"No sé qué rollos se han inventado con la muerte de la pintura esos críticos. ¿Cuándo se van a enterar de que lo que tiene que haber es un pensamiento, una sensación? Yo no puedo perder 20 minutos viendo a una tonta dar vueltas por una habitación. Vídeos así me roban mi tiempo. En cambio, la pintura es instantánea y a mí me gusta que el arte esté quieto", defendía Pérez Villalta esta semana en la galería Rafael Ortiz ante un auditorio mayormente integrado por artistas que le aplaudieron a rabiar.

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