De lo que brota en la catástrofe

  • José Ignacio Montoto presenta hoy 'La cuerda rota', con el que ganó el Andalucía Joven, un libro que se decanta hacia una belleza turbia y misteriosa

En la imaginación de José Ignacio Montoto (Córdoba, 1979), o en las voces que ha elegido para su nueva aventura poética, el corazón de los hombres "es una piedra negra", el amor es "un aguacero que ahoga a los tullidos" o "una flor en mitad de la catástrofe", la ausencia huele "a incienso y barro fresco". La cuerda rota (Editorial Renacimiento), la obra con la que el autor se hizo con el Andalucía Joven de Poesía -que concede el Instituto Andaluz de la Juventud- y que presenta hoy, a las 20:00, acompañado de Antonio Rivero Taravillo, en la Librería Birlibirloque (calle Amor de Dios, 17), encadena imágenes brillantes que Montoto acuñó en la pretensión de ser otro. "El libro surgió del afán de ver el mundo a través de los ojos de otra persona, en este caso intentaba verlo a través de los ojos de la mujer. Pretendía explorar con la mayor sutileza posible su corazón, a través de una historia que unos pueden entender de amor y otros de desamor, una historia que tiene su doble lectura", resume sobre el poemario.

Atraviesa las páginas de La cuerda rota el murmullo de una feminidad de resonancias bíblicas, que parece conocer los misterios de la naturaleza y de la noche -"comparte sexo con la madrugada"-, que conoce "la palabra de las flores" como único lenguaje, que ejerce de reina en un mundo felizmente mamífero. "Desdichados los vegetales por no sentir la quemazón de mis pezones", proclama, jactanciosa, la protagonista del poema Last Night. La mujer recogida en los versos posee un aura legendaria, una sabiduría que va más allá del tiempo, pero Montoto matiza que "también he tratado de darle al libro un contexto contemporáneo. El poema que abre el libro, por ejemplo, Autopista azul, alude a las Sagradas Escrituras y a Adán y Eva, pero transcurre dentro de un centro comercial", apunta el escritor, a quien le interesaba "mezclar los mitos con algo contemporáneo. Tendemos mucho a cánones clásicos o a cánones contemporáneos, por eso creía interesante mezclar los dos".

El hombre descrito en La cuerda rota siempre se encuentra, de un modo u otro, en un plano inferior: se muestra esquivo y huye o envidia directamente al sexo opuesto. "No, Mona Lisa no fue la mujer que cuentan, sino la mujer que a Leonardo le hubiese gustado ser", se dice en algún momento del poemario. ¿Qué mujer le habría gustado ser a José Ignacio Montoto? "Probablemente mi madre. Es muy tópico, pero también yo tengo una historia particular, ella falleció cuando yo tenía once años", señala. De ahí que el libro le parezca "si no un homenaje, sí algo que me pedía el cuerpo, porque a mí me han criado cuatro mujeres. Han pasado los años, ha pasado el tiempo, pero eso ha influido para que a la hora de perfilar lo que puede ser mi voz creativa yo eligiera ésta".

Los versos sobre Leonardo da Vinci pertenecen a Retrato sin espejo con Rosa, un fragmento en el que Montoto se inspira en el Autorretrato en espejo convexo de John Ashbery para hablar de esa hermosura enferma, lúgubre, que pivota entre la perversión y la inocencia, del imaginario de Mark Ryden: "Cuando pensó en el amor, en la verdad y en la vida, sólo fue capaz de pintar a una niña llorando sangre; no sudor ni lágrimas: sangre. Entonces entendió que el peso del mundo era el amor, como dijo el poeta". Para el escritor, un cuadro del pintor norteamericano "condensa muchos de los misterios que encierra La cuerda rota". Un recorrido fecundo en pasajes turbadores, pero que también se detiene en la belleza: "¿Sabes que los libros, las historias que se cuentan en los libros, están hechas de árboles y flores?", se interroga la voz del poema Delirio. Un libro que entre otros motivos tiene, como ocurre en el poema Ciclogénesis explosiva, el fin del mundo. Pero es un apocalipsis que iguala a los humanos -"han abierto las puertas, las ventanas y los cierres. Hoy el mundo, por fin, es de todos y para todos"-, y que Montoto aborda "dándole mucha naturalidad. Solemos ver la muerte como la cosa más horrorosa del mundo, pero, bueno, forma parte de nuestro ciclo vital, y naturalizarla me parece importante para todos. No quería ver la muerte como algo catastrófico, sino casi como un punto y seguido".

Montoto también maneja como uno de los temas principales de su propuesta la dualidad entre el amor y el desamor. "Se puede ver como una historia sobre lo primero o sobre lo segundo", afirma sobre una creación que se inicia con un hombre abandonando a su amada: "La lluvia te comenzó a limpiar la cara, pero ya era tarde. La noche se encargó de pintarte el rostro con su negro carboncillo (...) Subiste al que fue nuestro coche, y, tras un latido de incertidumbre, arrancaste".

Tras libros celebrados como Espacios insostenibles/Mi memoria es un tobogán, Binarios o Superávit, José Ignacio Montoto se afianza como uno de los poetas más sólidos de su generación gracias a una obra en la que el uso del versículo y las influencias del romanticismo francés otorgan una poderosa expresividad. "Antes de irme a Toulouse [donde vivió el último curso], ya empecé a escribir este poemario, pero ya allí hice una inmersión mayor en Rimbaud, Verlaine, en muchos poetas franceses que me parecían muy interesantes y muy contemporáneos". El uso del versículo, concluye, "te permite dar rienda suelta y no ceñirte a una métrica forzada, y creía que el versículo, si lo trabajas, te ayuda a crear un ritmo atractivo, tener swing. Por el versículo se encuentra también una melodía".

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