Dos cabalgan juntos

  • 'El lago desconocido entre Proust y Freud'. Jean-Yves Tadié. Trad. Laura Claravall. Ediciones del Subsuelo. Barcelona, 2013. 177 páginas. 18 euros.

Este ensayo penetrante y depurado funciona bajo una premisa muy cinematográfica, godardiana para más señas: la unidad es orgullosa, autárquica, silenciosa como efigie; es preciso confrontarla, contrastarla, hacerla dialogar con otra para provocar si no el sentido al menos su trazo, la chispa que nos pone en camino. Ese es el objetivo declarado de Jean-Yves Tadié -uno de los mayores expertos en la vida y obra de Proust y, como aquí se advierte, un inteligente lector de Freud-, poner uno al lado del otro, ensayar un diálogo entre muertos que, sin haberse conocido en vida ni leído el uno al otro, compartieron parecidas intuiciones sobre los motores íntimos de la vida humana.

Desentrañar "la oscuridad que está en nosotros", esa amalgama de inconsciente y memoria dolorida e involuntaria, es el deseo que acerca y produce rimas en el proceder intelectual de estas figuras capitales de nuestra cultura, y Tadié, en breves e intensos capítulos sobre los principales temas de una constelación compartida (sueño, memoria, infancia, mujer, homosexualidad, duelo, celos...), va estableciendo relaciones desde lo superficial y coyuntural hasta lo más profundo y decisivo, ahí donde Proust y Freud terminan por comulgar de un mismo cáliz, el de la creación (filosófica, literaria, poética) que nace de la curiosidad, la observación, la escucha, la interpretación y el proceder arqueológico sobre la realidad y sus apariencias. Así, esta "consanguinidad de espíritus" es auscultada por Tadié para que advirtamos la cantidad y variedad de los vínculos, pero sobre todo la calidad de algunos; para que, en definitiva, entreveamos los paralelismos de dos esfuerzos titánicos y temerarios -dos catedrales, dos reinos de signos, como podría haber dicho Deleuze- por transformar el material más frágil imaginable (los secretos arrancados a la noche y el silencio) en una obra definitiva, en un vasto espejo que empieza a resquebrajarse justo después de quedar depositada sobre ellos la última palabra, pero donde aún podemos mirarnos, perplejos.

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