Un cabaret alocado y risueño

La mayor bondad de este espectáculo alocado y risueño es la interpretación, el despliegue de técnica vocal y derroche mímico que las dos actrices intentan mantener durante la hora y media que se mantienen en las tablas. Un esfuerzo que a lo largo de la primera media hora, que es la más caliente, la mejor resuelta argumentalmente y la que logra un humor más efectivo, apenas se nota pero que finalmente, y a base de acumular algún que otro gag innecesario, termina languideciendo.

Sinónima y Antónima, se presentan, narran su primer encuentro -una historia fantástica de teatro que deberían haber explotado más- y declaran sus intenciones. A partir de ahí se acumulan los números musicales, canciones y coreografías un tanto picantes, muy del gusto del cabaret donde los espectáculos atrevidos en cuanto a moral sexual y tendencias políticas se mezclaban con el alcohol y la conversación pícara con el espectador. También ellas son capaces de mantener el calor en la sala y el público lo agradece y colabora. ¿Por qué? Porque esta obrita sin pretensiones es divertida, de un humor simple que se filtra en las canciones, en el mimo, en las referencias a la revista, el café cantante, el music hall. Es verdad que quizás podrían haber sido malas -la situación política da para mucho- y más sarcásticas pero el objetivo se cumple: que es reír.

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