El calor del hogar da la vida

El coreógrafo y bailarín británico de origen bengalí Akram Khan está considerado el más importante de su generación. Es, por tanto, un acontecimiento el que haya estrenado su último espectáculo en el Teatro Central de Sevilla.

Una obra de setenta y cinco minutos en la que sus nueve bailarines han contribuido a crear el espectáculo aportando sus ideas a las que el director ha dado forma.

La idea de viaje, de pertenencia a un lugar, la desubicación y la vuelta al hogar son los temas que Khan ha utilizado para expresar una idea tan simple como la imposibilidad de andar por el mundo sin tener en cuenta de dónde somos. Al final, las eternas preguntas: ¿de dónde venimos y adónde vamos? ¿quiénes somos?

Cierta simpleza en el planteamiento porque ni él ni sus bailarines contestan ni remotamente a estas cuestiones.

Recurre a la memoria para hablarnos de olores, de colores, de sabores, de sensaciones, en suma, que nos recuerdan al hogar de donde venimos.

Hogar que es añorado por sus personajes que son presentados en una sala de embarque de un aeropuerto cualquiera (preferentemente uno de ciudad grande) en el que las razas y las lenguas conforman nuestra especial torre de Babel en la que cada uno habla sin apenas hacerse entender.

El espectáculo tiene dos partes diferenciadas. Una claramente teatral y otra en la que domina la danza.

La teatral, intercalada entre los momentos de danza, es perfectamente prescindible. No aporta la más mínima información y lastra exageradamente el conjunto.

Sin embargo, cuando los bailarines toman la escena el espectáculo se transforma y consigue asombrarnos, en algunos momentos, por la insuperable maestría formal de sus intérpretes.

Se suceden los solos, duetos y coreografías en conjunto. Bellísima la primera rememoración sobre la India. Ensordecedores y muy sugerentes los momentos en los que los bailarines se tornan turbinas de avión ayudados por la música de Nitin Sawhney.

En general, perfección en la ejecución aunque se echa en falta algún toque de genialidad que te haga remover del asiento. Entre los aburridos momentos teatrales y la carencia de chispa sólo disfrutamos de una forma exquisita, eso sí, envidiable forma.

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