Arte

De camino al arte

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Hay personas que, convencidas del valor del arte, buscan, antes que el reconocimiento público de su obra, la formación de un mundo poético propio. Se dirigen sosegadamente a la naturaleza, no para apropiarse de su belleza, sino para establecer con ella vínculos profundos. Consideran su entorno cultural como una articulación de valores entre otras muchas: quizá por eso advierten que la verdadera dignidad de una cultura está reñida con cualquier cliché localista. Si optan por la pintura, indagan la obra de muy diversos autores porque saben que pintar es sumergirse en una vasta tradición en la que han sedimentado lenguajes muy diferentes y sólo se modela un lenguaje propio si se entra con rigor en esa historia.

Juan Maestre era una de esas personas. Lo atestigua la exposición organizada en la Maestranza. Las primeras obras (años decisivos pasados en Nueva York) señalan una pausada reflexión sobre el neoexpresionismo abstracto norteamericano. No necesitó recurrir al cuadro de gran formato: los pequeños lienzos verticales señalan una cadencia en la que, primero, suprime el objeto para que brille sólo el espacio, priva después al espacio de referencias geométricas para dejarlo sólo en construcción pictórica, y al final, en su afán de rigor, renuncia incluso al color.

Con ese bagaje regresa a Sevilla. Sus paisajes que incorporan la Giralda son valientes porque reúnen rasgos del lenguaje tradicional y otros de una dirección pictórica que siempre le interesó, la del expresionismo alemán. Ensaya así una mirada abierta sobre la ciudad, como la que buscaba obtener al encargar a diversos autores los carteles de la temporada taurina.

Maestre simultanea su trabajo con momentos de retiro que dedica en profundidad a la pintura. Sus paisajes encierran una meditación muy personal sobre la naturaleza y el arte. En relación con las obras hechas en Nueva York, estos cuadros tienen menos materia (el lienzo, a veces, parece sólo teñido) y sus figuras poseen un fuerte valor de presencia y a la vez un cierto temple de ingenuidad. No son paisajes vistos sino paseados y sentidos. Por eso se rastrea en ellos la firmeza de Cézanne (infatigable caminante) y la sensibilidad de Franz Marc ante el incesante juego de la vida en la naturaleza.

Es importante retener las fechas de los cuadros porque cada uno de esos retiros (Soria, Lancaster) señalan nuevos hallazgos en su pintura y son hitos en la edificación de su poética. No hay deslumbrantes recursos estilísticos ni hallazgos técnicos espectaculares. Hay, sí, precisión y verdad que, juntos, muestran el talante de una biografía artística. Por eso la muestra exige tiempo: cada cuadro reclama cierta intensidad de atención y algunos de ellos, al verlos, empujan a volver a obras anteriores para recuperar pequeños detalles decisivos en la evolución del artista.

En una época como la nuestra, que evalúa al artista por su presencia en los medios de comunicación, atiende más al nombre que a la obra y mide la importancia del museo por el número de visitantes, la obra y la figura de Juan Maestre son un saludable revulsivo. Recuerdan que, en el arte, lo decisivo es el camino (frente a la ciega compulsión por llegar a la meta), que recorrerlo exige dedicación, sensibilidad y reflexión, y que, así, se logra, no tanto pintar sino que la pintura hable en los cuadros. Tal vez sea éste el mejor legado de Juan Maestre. Falta que de veras lo hagamos nuestro.

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