Crítica de Teatro

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Gonzalo Cunill, Luis Bermejo e Irene Escolar, en una escena del 'Vania' íntimo concebido por Àlex Rigola. Gonzalo Cunill, Luis Bermejo e Irene Escolar, en una escena del 'Vania' íntimo concebido por Àlex Rigola.

Gonzalo Cunill, Luis Bermejo e Irene Escolar, en una escena del 'Vania' íntimo concebido por Àlex Rigola.

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Antes Louis Malle y Pierre Léon abundaron, desde el cine, en Vania y Chéjov como viaje a la entraña de la representación y del ambiguo milagro del actor en escena. No deja de ser cierto, por otro lado, que no resulta nada complicado escuchar al ruso susurrándonos al oído como un contemporáneo más en la sala, como escenificador y quizás también como médico del alma humana. Tampoco suena a falso que esta arrasadora transmisión de melancolía también se hubiera notado en una adaptación menos lograda que la de Àlex Rigola, por lo que no merece demasiado la pena subrayar las siniestras supervivencias, de las que, al menos por ahora, no vamos a salir como raza animal y autodestructiva.

La importancia de este teatro mínimo y encajonado (puede que algo frívolamente; una pena que, como hace muy poco ocurriera de nuevo en el Central con Who is me. Pasolini, sólo un puñado de espectadores pueda intimar así con una obra) yace en la exposición de estos actores, en el artificio de la naturalidad que invocan ante el semblante fijo de Rigola, profesor, dramaturgo, suerte de Vania a la fuerza en el off, dando la espalda como un demiurgo gnóstico: es decir, empujando la rueda del universo en un mismo y perverso gesto lúdico.

No creo que sea nada fácil mirar al público, acariciarlo tanto como aquí, y al mismo tiempo estar atento a la resurrección del texto, al actor compañero, a su cuerpo y su voz dentro del universo suscitado con tan pocos elementos. Esa gimnasia tensionada funciona en esta ocasión como raramente. Son ejercicios de desnudamiento y exposición, en los que se observan las diferencias, inevitables, y la armonía que las sobrevuela: la postración tragicómica de Luis Bermejo, la máscara sonriente de Ariadna Gil, el aplomo cortante de Gonzalo Cunill, la frescura hiriente de Irene Escolar. No hay que engañarse, no se esconden sólo piropos a los intérpretes en estos sintagmas, también su falla actual, su incompletitud, las faltas necesarias para parecer humanos, no sólo sobrehumanos; algo más iguales, más cercanos y frágiles, lo que justifica el selecto encerramiento ahora que caemos en lacuenta; nos unimos así a las contradicciones de los personajes, las vidas reales, las inventadas y las proyectadas.

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