Una ciudad convertida en metáfora

  • 'Historia poética de Nueva York en la España contemporánea', un ensayo de Julio Neira que publica Cátedra, analiza la fascinación que la metrópoli ha ejercido sobre un sinfín de autores a lo largo de un siglo.

Unos días antes de su boda, Juan Ramón Jiménez escribió en su Diario de un poeta reciencasado un poema, Sky, en el que describía la extrañeza que despertaban las cosas expresadas en un idioma nuevo. "Como tu nombre es otro, / cielo, y su sentimiento / no es mío aún, aún no eres cielo", anotaba el moguereño en un libro de "escritura directa, sobre el terreno y con una voluntad muy novedosa en la poesía española de consignar de modo verídico y fidedigno sus experiencias en un ambiente muy diferente a los por él conocidos". La observación procede de Julio Neira, autor de Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (Cátedra), un ensayo en el que este profesor y director general del Libro, Archivos y Bibliotecas de la Junta refleja el deslumbramiento que la ciudad norteamericana ha ejercido sobre escritores españoles, un hechizo que ha ido más allá de generaciones y movimientos y que se percibe en "la larga relación de excelentes libros, series de poemas y poemas sueltos que han tenido a la ciudad como tema o escenario a lo largo de los últimos cien años".

Neira sostiene que el hecho de que Juan Ramón ligara las letras españolas a la ciudad del río Hudson fue "azaroso", porque "de un modo u otro los poetas españoles hubieran llegado líricamente a Nueva York, pues la ciudad se convirtió en la realidad del hombre en el siglo XX". Son muchos los poetas que seguirían la estela del Premio Nobel, entre ellos José Moreno Villa, que cruzó el Atlántico para casarse con una norteamericana. "Quiso enseñarme inglés y todas las noches nos reuníamos en su casa para leer. De las lecturas pasamos a los dibujos y de éstos a las conversaciones íntimas y a los primeros besos", contaría en sus memorias el malagueño. Fue Lorca quien escribiría un capítulo central de la literatura española con Poeta en Nueva York. El estudio indica que el granadino huía de esa "imagen de poeta costumbrista, defensor de los gitanos, tan criticada por Salvador Dalí y Luis Buñuel", también de la pesadumbre de una crisis amorosa. Acertó con el destino: allí encontró una sociedad "en casi todo mucho más adelantada que la española (...) en la que era posible vivir su homosexualidad con menos presión social. Y buena prueba de esto último sería la Oda a Walt Whitman (...) Un poema tan transparente sobre la orientación sexual y sus matices hubiera sido impensable en el Federico anterior a su viaje trasatlántico". Más allá de los hallazgos de estilo, de la poderosa expresividad e inventiva de sus versos, del testimonio de un autor con pleno dominio de sus recursos, Poeta en Nueva York adquirió con el tiempo un relieve insospechado. "Era símbolo en libro de cuanto en España quedó truncado por la sublevación militar de 1936, de lo que nunca sabríamos cómo habría sido si la II República no hubiera sido traicionada por el sector fascista del ejército. El libro y la experiencia del viaje que lo originó, como todo lo que se relacionaba con García Lorca, empezaron a ganar una dimensión muy superior a la que en su origen habían tenido", argumenta Neira.

Posiblemente, una frase de Enrique Jardiel Poncela -"todos, hasta los que no conocíamos New York, conocíamos New York"- resume esa sensación de familiaridad, por la educación sentimental que aportan el cine y la literatura, con que la metrópoli recibe a sus visitantes. No obstante, Estados Unidos reservaba escenas chocantes para el ciudadano español que vivía en un país marcado por la dictadura: le ocurrió, por ejemplo, a Gloria Fuertes, impresionada por la imagen de plástico de una Virgen, "producto fabricado en serie en materiales y colores tan infrecuentes en la España gris del cáñamo y del barro". Hay un paréntesis en la poesía de los autores de la primera posguerra más vinculados a la España oficial, pero, advierte el especialista, "la dictadura sería larga y, pese a su voluntad, distaría mucho de ser monolítica". Más tarde, Gimferrer y los jóvenes poetas "entendieron que la mejor forma de mostrar su rechazo de la situación en la España franquista no era el realismo social de denuncia de esa realidad, sino su negación total, la mirada hacia otros horizontes". Los autores españoles ofrecen una mirada plural de Nueva York: Luis Alberto de Cuenca rinde un homenaje a Scarface en sus versos; Leopoldo María Panero habla de las drogas en Un ángel pasó por Brooklyn; Blas de Otero contempla Nueva York como un espacio de "explotación de los débiles"... El censo de autores que recogen en su obra la grandeza de los espacios neoyorquinos no tiene fin: por el conjunto desfilan voces tan dispares como José Hierro, Luis García Montero, José María Fonollosa, Manuel Vilas o Luis Muñoz. Todos, como una vez hizo Cernuda, se adentran en "la ciudad abrupta, maravillosa", en alguna ocasión Nueva York también les extendió, como al sevillano, esa misma "mano llena de promesas".

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