El más clásico de todos los clásicos

La habitual Gala de Reyes se ha adelantado este año trayéndonos, en estas vísperas navideñas, un título ya conocido en el Teatro de la Maestranza y en todo el mundo de la danza como el símbolo del ballet blanco.

La versión que pudimos ver anoche, en un escenario remozado y con todas las localidades de todas las sesiones agotadas, es la que el coreógrafo suRafricano John Cranko (1927-1973) estrenara en en la Ópera de Stuttgart en 1963, con su musa Marcia Haydée y Rudolf Nureyev como protagonistas.

Conocido por el tono teatral de sus coreografías, como El príncipe de las pagodas, Cranko acabaría por convertirse en el director artístico de este Ballet, cuyos orígenes se remontan al siglo XVII, y por llevarlo a la primera división de la danza clásica.

Bien dotado para la narración y la dramaturgia, el coreógrafo realizó una pieza en el que el personaje del príncipe Sigfrido se convierte en el eje de esta romántica historia de amores traicionados y trágicos destinos. Tal vez para contrarrestar ese protagonismo absoluto que la mujer ha tenido en el ballet romántico desde que el gran Petipa estrenara este ballet en el mítico Teatro Bolshoi hace ya mas de 130 años.

El protagonismo de Sigfrido y el planteamiento teatral del primer acto son quizá los rasgos más sobresalientes de un montaje que no deja de utilizar todos y cada uno de los ingredientes tradicionales; esos que, a decir verdad, son los que el público espera.

Con una escenografía de cuento de hadas -con su bosque y su regio palacio- y un hermoso vestuario, la versión de Cranko, como casi todas las realizadas hasta ahora, sucumbe de forma irremisible en el segundo y el cuarto actos a esos círculos de blanquísimos y estilizados cisnes, ya en movimiento, ya en el suelo, echados sobre una pierna, ejemplos de conjunción y de etérea belleza y mudos testigos de las dificultades que entraña encontrar un amor verdadero. El único capaz de de redimirlos.

Con un conjunto de buen nivel y con una ROSS que colaboró para obtener el feliz resultado, brillaron, como era de esperar, los protagonistas de la noche, Jason Reilly (Sigfrido) y una Elena Tentchikova que, además de una gran técnica, supo dar una enorme delicadeza y fragilidad a su papel de Odette frente a la fuerza y al brío -no exento de elegancia- que logra infundir en Odile, el cisne negro. Los pasos a dos de ambas con el Príncipe fueron los pasajes más aplaudidos por un público que disfrutó mucho de la velada a pesar de su larga duración.

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