Un concierto aburrido bajo el estrépito de los platillos

El jazz, contra lo que muchos piensan, no tiene por qué ser aburrido. Ni siquiera cuando asume tempi lentísimos, desarrollos interminables, armonías endiabladamente enrevesadas y difíciles. Un músico puede tocar con una lentitud exagerada, sin por ello incurrir en la laxitud, o emplear la menor cantidad de recursos expresivos, sin por ello defraudarnos por su cortedad y ausencia de ideas. Frente a la laxitud y el tedio, se impone la sabia despaciosidad de Miles Davis, que construyó su estilo contra la vertiginosidad propia de sus ídolos del be-bop, o ese álbum maravilloso, Nirvana, que a principios de los 60 grabaron Herbie Mann y Bill Evans, y que hoy escuchamos con el regodeo y la calma de quien paladea un buen plato. Frente a la cortedad expresiva, el estilo depurado de John Lewis (busquen, si no lo tienen, su postrero Evolution), que parecía cercar, como un constante Morandi, el modo único de decir lo que el artista tiene que decirnos, lo necesario.

El concierto de anoche nos ofreció todo -o casi todo- lo contrario: fue aburrido, reiterativo -sin duda la batería contribuyó a ello poderosamente-, o, como mejor dijo y resumió nuestro amigo el aficionado Jorge Minguet, innecesario. Tan innecesario como asistir a las horas de ensayo de un actor -nos basta la máscara-, contemplar a pie de obra, durante meses, la construcción de un bello edificio o, en definitiva, cobrar conciencia de la dificultad para lograr la obra. Nada de ello contribuye a nuestro deleite, antes bien lo obstaculiza, lo empaña. Rossy y Sanz, músicos extraordinarios, parecían enredados en el artificio.

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