La cuadratura del círculo

Fan Bingbing, en una imagen de la película. Fan Bingbing, en una imagen de la película.

Fan Bingbing, en una imagen de la película. / D. S.

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Parece que los distribuidores se han puesto de acuerdo para estrenar sus películas feministas coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer. Tanto la brasileña Doña Clara como esta cinta china tienen como protagonistas a dos mujeres rebeldes, fuertes y resistentes frente a la hostilidad y la violencia de las fuerzas del neocapitalismo o, en el caso que nos ocupa, de la profunda y arraigada estructura machista y funcionarial de esa sociedad china hoy lanzada a los brazos del liberalismo.

En fin, Yo no soy Madame Bovary (el famoso personaje flaubertiano responde aquí a la traducción libre del arquetipo chino de la "mala mujer y esposa" conocido como Pan Junlian), ganadora en San Sebastián, pasará también a la (pequeña) historia por su insólito formato redondo, algo más que un simple y hermoso capricho estético que sirve a Feng Xiaogang para establecer una operación histórica y un correlato entre la estrechez y el aire del encuadre y la atmósfera que va asfixiando poco a poco a una mujer rural que ha hecho de la reivindicación de la limpieza y honorabilidad de su nombre y de su batalla contra las instituciones (en todas las escalas y estratos posibles) su único objetivo vital a lo largo de diez años.

En la estela de los últimos filmes de Jia Zhang-ke, Yo no soy Madame Bovary asienta su mirada crítica sobre los peajes humanos de la vertiginosa transformación de un país escindido entre su deriva materialista y su nueva imagen-simulacro (filmada, en Pekín, en otro curioso formato vertical) y el enorme peso de una organización burocrática tan tentacular como inefectiva.

Por fortuna, el humor y cierta distancia irónica atenúan el dramatismo de unos materiales que, en manos de un Zhang Yimou, hubieran sido pasto fácil para el melodrama. Xiaogang apuesta empero por descentrar a su figura femenina del foco de su propio conflicto para trazar todo ese paisaje de políticos y funcionarios desde una perspectiva no por caricaturesca menos certera. El personaje de Li Xuelian se nos queda así como víctima casi colateral, una más, de un sistema estancado incapaz de dar respuestas y tender puentes entre los poderosos y el pueblo.

A esta operación cabe añadir además la del propio distanciamiento narrativo que nos cuenta desde el primer momento la historia con una voz externa que conecta tiempos, fabula y coge vuelo sobre la trayectoria (en el fondo trágica) de una mujer que, sobre todo, busca restituir su honor (arrebatado por los hombres) con una aparente tozudez insana bajo la que se esconde un secreto íntimo que no será desvelado hasta el último momento, ahora sí, ya tocaba, a todo el ancho posible de la pantalla.

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