Si es una despedida, no pudo ser mejor

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Flotaba en el ambiente que ésta de Bruce Springsteen con su banda de toda la vida podía ser la última conjunta, debido a que rondan los 60 y a que pese a ser una de las mejores bandas de los últimos 30 años, por separado son artistas de éxito, con solventes carreras en la producción, el cine o las letras. Ante la perspectiva de estar ante un concierto histórico, el público estaba entregado desde horas antes del inicio.

Con un Palacio de los Deportes de Madrid hasta la bandera, Springsteen llegó a su cita con Europa (el primer concierto de la gira Magic a este lado del Atlántico) casi una hora tarde. Pero daba igual. Radio Nowhere hizo olvidar la espera y sin perder tiempo encadenó una versión de No Surrender, uno de los momentos especiales de la noche. Llegó Lonesome day, una de las canciones de The Rising que mejor da la cara en directo y en la que percibimos la química con su íntimo Steven Van Zandt, amigo del Boss desde la adolescencia, inconfundible con su pañuelo negro en la cabeza. Gipsy Biker precedió al primer momento íntimo del concierto; Bruce soltó como pudo en español unos dardos envenenados contra la política de los neocon de Bush, habló de mentiras que son verdades y verdades que son mentiras, pero no encontró excesiva complicidad.

Después llegó Reason to believe (el jefe desempolva su armónica); Darkness of the edge of town, donde la banda al completo hace un alarde de fuerza, pura armonía. Con Candy's room hubo una exhibición del batería Max Weinberg y con She's the one, otra del saxofonista Clarence Clemons.

Con The promised land volvió a llevarnos al Springsteen más clásico. Luego vinieron los momentos más bajos del concierto, I'll work for your love y sobre todo Tunnel of love (un tema mediocre, en concierto no transmite nada) hicieron bajar algunos grados el ambiente del escenario.

Working on the Highway volvió a poner al público a tope, y como de subidas y bajadas iba la noche nos regaló una versión de The Devil's Arcade (donde compara Iraq con una especie de salón de juegos del diablo) tan íntima que hipnotizó al público.

Tras este lamento empezaron a sonar los compases de The Rising, probablemente la mejor canción en directo de las creadas por el Boss en los últimos 20 años. Adrenalina en uno de los momentos estelares del concierto: Last To Die y Long Walk Home. Badlands fue el momento sublime, ése que recordarás dentro de 20 años. El auditorio se vino abajo. ¿Cómo es posible que una panda de cincuentones (largos) tengan esa energía? Es posible, créanme.

Volvieron con un bis con cinco canciones, entre ellas, encadenadas, Thunder Road, Born to Run, Dancing in the dark y American land en un final soñado y portentoso digno de uno de los mejores conciertos que Springsteen y la E Street Band han dado en España. Pura energía. Sólo el tiempo dirá si fue el último concierto con su banda de toda la vida en Madrid o no. Si fue así, no pudo ser mejor la despedida.

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