Antonio Orejudo. escritor

"Un país que no le disputa a sus mayores la visión del mundo tiene una enfermedad"

  • El autor regresa seis años después con 'Los cinco y yo', una novela llena de humor y con vetas de sátira en la que ajusta cuentas sin piedad con sus compañeros de generación

El escritor Antonio Orejudo (Madrid, 1963), ayer durante su visita a Sevilla. El escritor Antonio Orejudo (Madrid, 1963), ayer durante su visita a Sevilla.

El escritor Antonio Orejudo (Madrid, 1963), ayer durante su visita a Sevilla. / belén vargas

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Pasados los 50 años, medidos con la realidad -y vencidos- sus viejos sueños de escritor, "uno de esos oficios del Antiguo Régimen", en ese momento de la vida en el que "hay que ser idiota para no sentir que te has equivocado en todo", Antonio Orejudo volvió a aquellos libros de Enid Blyton que marcaron a los españoles del baby boom y que a él, de pequeño, le hacían sentir que no leía aquellas aventuras, sino que las encarnaba. Y encontró en esa saga no el aroma repipi y cándido de las batallitas de antes de que la inocencia fuera un recuerdo, sino una manera de hablar de su generación, la de quienes en la Transición eran "demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder" y ahora, en la Gran Recesión, son "demasiado viejos para protagonizar el relevo". De toda esa gente "en tierra de nadie", de la amistad y la iniciación en casi todo y la vocación literaria y las ilusiones truncadas y muchas cosas más trata Los cinco y yo (Tusquets), la novela divertidísima, implacable y disfrazada a ratos de sinuosa autoficción con la que regresa este escritor personalísimo, libre y gozoso, que se prodiga poco pero siempre con brillantez, valgan como pruebas Fabulosas narraciones por historias, Ventajas de viajar en tren o la que probablemente sea su joya menos cantada, Reconstrucción.

-¿Cuál ha sido el gran pecado de su generación?

-Haber sido demasiado dóciles, mansos, acomodaticios. Yo creo que las generaciones tienen obligaciones, obligaciones históricas aunque suene rimbombante, y una de ellas es enfrentarse a los mayores, disputarles no ya sólo el poder, sino la visión del mundo, aunque esto sin duda lleva aparejado el poder. Renunciamos en su momento, por ejemplo, a convertir la cultura en un campo de batalla ideológico, que es lo que yo creo que tiene que ser la cultura. Y esa impugnación, cuando no se produce, indica una cierta enfermedad social de un país.

-¿A qué achaca esa docilidad?

-A la cobardía. Hemos preferido esperar a combatir y a mí eso me avergüenza un poco. Nos merecemos esa sensación que tenemos muchos ahora de los que nacimos en los 60 de que los que son 10 o 15 años más jóvenes nos han adelantado en cierto modo por la izquierda. Hay un ejemplo muy gráfico, independientemente de que se esté de acuerdo con sus planteamientos o no: Pablo Iglesias. Él es representante de una generación que interpela directamente a Felipe González, no a sus inmediatos mayores, que seríamos nosotros. Somos irrelevantes como sujetos activos; no como sujetos pasivos, porque los que nacimos en los 60 somos muchos y el país ha ido avanzando en función de nuestra sucesiva incorporación. Cuando nos tocó ir, llenamos los colegios y se convirtieron en un negocio, y lo mismo ocurrió con la universidad o el mercado laboral.

-¿Basta ese desfase generacional para explicar los enormes problemas del sistema español?

-Yo creo que hay clases sociales y, por tanto, lucha de clases. Y sigo pensando que la primera explicación de muchas de las cosas que están sucediendo reside en la relación entre ricos y pobres. Ahora bien, muchas otras cosas no se pueden entender totalmente si no se apela también a la lucha generacional. Ha habido una generación que yo llamo la de Felipe González que tomó el poder recién muerto Franco y desde entonces ha sido un tapón. El país no se ha reciclado ni rejuvenecido. El hecho de que Pablo Iglesias interpele a Felipe González sólo puede entenderse en clave generacional, no de lucha de clases, porque pertenecen ambos a la misma, una burguesía digamos media, uno con más dinero que el otro, sí, pero el origen es el mismo.

-Habrá quien diga: ya estamos con el culto a la juventud y el desprecio de la experiencia...

-Es que no se trata de eso, sino de que es absolutamente antinatural que el país haya estado en manos de la misma generación durante 40 años, el mismo tiempo que estuvo Franco en el poder. Para mí, un tipo como [Juan Luis] Cebrián resume la trayectoria del país: alguien de proviene del franquismo, que accede a puestos de poder importantes y que sigue todavía en activo, tomando decisiones que afectan a los demás. De ahí a arrinconar a los viejos, hay un montón de pasos intermedios.

-El 15-M primero y después Podemos han basado su discurso en esa impugnación del discurso y las clases dirigentes de la Transición. Pero hace tiempo que cundió el desánimo, y demasiado pronto, además...

-A esta generación le va a suceder lo que ha sucedido a todas las anteriores: la decepción con la izquierda que toca el poder; yo fui a un mitin del PSOE, antes de que ganara las elecciones, un mitin anti-OTAN, en el que participaron Felipe González, Alfonso Guerra y, ojito ahí, Javier Solana, futuro secretario general de la cosa... Yo soy bastante pesimista. En Podemos actúan como si dieran por hecho que la democracia representativa no sirve para cambiar las cosas. Pero desde luego tampoco sirve para eso la que llaman real, las asambleas y todo eso. Podemos se ha convertido en una aporía.

-Dice su narrador que hoy el Ulises o El ruido y la furia difícilmente encontrarían editor. Y si lo hicieran, nadie los leería. ¿Qué le ha pasado a la literatura?

-A la literatura nada, en todo caso a los lectores. Cabe preguntarse por qué en el instituto y la universidad estudiamos la historia de la literatura y no la de la filatelia, por ejemplo. Durante muchos siglos, fue la única manera de dejar testimonio del paso por el mundo. No había un Youtube medieval ni un Facebook del Siglo de Oro, el texto era el soporte en el que se dejaba huella. Hoy uno puede dejar constancia de sí mismo de mil maneras. Por otro lado, no fuimos capaces de cambiar el canon de nuestros mayores, el del modernismo anglosajón y los textos severos, trascendentes, difíciles, y los que han venido después no es que no lo hayan hecho tampoco, es que ya no tienen ni interés.

-Me la ha puesto botando: el Gobierno ha eliminado la asignatura de Literatura Universal como opción en la nueva reválida. ¿El desdén hacia las humanidades se debe a la ignorancia o debemos pensar aún peor?

-La verdad es que veo a los políticos tan ignorantes que en este tema no sé si serían capaces de actuar de manera maliciosa o sofisticada. Yo entiendo que a cualquier sistema le interesa que los ciudadanos sean dóciles, y no críticos y con criterio suficiente para no tragarse lo primero que les dicen. No sé si se conspira en favor de eso, pero lo que sí sé es que esos mismos que piensan que para perpetuarse en el poder les conviene esa docilidad, están, en realidad, sembrando su destrucción. El éxito de Trump y veremos si el de Le Pen no es posible sin una enorme masa de votantes ignorantes, acríticos, cuyas reacciones a los estímulos no es racional sino visceral. En Estados Unidos han elegido a un nazi, nos falta distancia para entender por qué, pero eso es lo que ha sucedido. Lo que para mí está claro es que los grandes partidos tradicionales, por fomentar esa manera de consumir la política, han sido los que se han cargado el sistema.

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